El Imperialismo Ruso

Author

Zbigniew Marcin Kowalewski

Este artículo ha aparecido en polaco en noviembre de 2014 en Le Monde diplomatique – Edycja polska y luego en francés en Mediapart et en Inprecor, en inglés en International Viewpoint, en ruso en Praxis Center, en italiano en Utopia Rossa y en griego en Paranagnostis.

Resumen: La restauración del capitalismo en Rusia ha complementado en parte y sustituido en parte a los monopolios extraeconómicos, debilitados y amputados tras la desintegración de la Unión Soviética, por un poderoso monopolio financiero fusionado con el aparato de Estado. El imperialismo ruso, reconstruido sobre esta base, sigue siendo un fenómeno inextricablemente interno y externo; opera a ambos lados de las fronteras del país, que una vez más empiezan a ser móviles. No podemos comprender la actual crisis ucraniana –la anexión de Crimea, la rebelión separatista en Donbás y la agresión rusa contra Ucrania– si no comprendemos que Rusia sigue siendo una potencia imperialista.

Serguey Nikolsky, filósofo de la cultura ruso, dice que tal vez la idea más importante para los rusos “desde la caída de Bizancio hasta ahora es la idea del imperio y el hecho de que somos una nación imperial. Siempre hemos sabido que vivimos en un país cuya historia es una cadena ininterrumpida de expansión territorial, conquista, anexión, de defensa de las posesiones, de pérdidas temporales y nuevas conquistas. La idea del imperio era una de las más preciadas de nuestro bagaje ideológico y esto es lo que proclamamos ante las demás naciones. Con ello sorprendemos, deleitamos o hacemos enloquecer al resto del mundo.”

La primera característica, y la más importante, del imperio ruso ha sido siempre, dice Nikolsky, “la maximización de la expansión territorial en pro de sus intereses económicos y políticos, como uno de los grandes principios de la política del Estado”. [1] Esta expansión fue el resultado del predominio permanente y aplastante del desarrollo extensivo de Rusia sobre su desarrollo intensivo: el predominio de la explotación absoluta de los productores directos sobre su explotación relativa, es decir, basada en el aumento de la productividad del trabajo.

Al imperio ruso lo llamaban ‘prisión de pueblos’. Hoy sabemos que no solo fue el Estado de los Romanov el que merece esta descripción”, escribió Mijaíl Pokrovsky, el más destacado historiador bolchevique. Demostró que el Gran Ducado Moscovita (1263-1547) y el Zarato Ruso (1547-1721) ya fueron “prisiones de pueblos” y que esos Estados se construyeron sobre los cadáveres de los inorodtsy, los pueblos indígenas no rusos. “Es dudoso que el hecho de que el 80 % de la sangre que corre en las venas de los Gran Rusos sea suya les sirva de consuelo a los supervivientes. Únicamente la completa destrucción de la opresión imperial rusa por esa fuerza que luchó y sigue luchando contra toda opresión podría ser una forma de compensación por todo lo que han sufrido”. [2] Estas palabras de Pokrovsky se publicaron en 1933, poco después de su muerte y poco antes de que por orden de Stalin se sustituyera, en la histórica formulación bolchevique de “Rusia – prisión de pueblos”, la primera palabra por otra distinta: zarismo. El régimen estalinista se apresuró entonces a calificar la obra científica de Pokrovsky de “concepción antimarxista” de la historia de Rusia. [3]

Imperialismo militar feudal

A lo largo de siglos, y hasta el colapso de la Unión Soviética en 1991, los pueblos que fueron conquistados y anexionados por Rusia sufrieron tres formas sucesivas de dominación imperialista. El “imperialismo militar feudal”, como lo calificó Lenin, fue la primera. No carece de interés comentar cuál fue el modo de explotación predominante en ese periodo: feudal o tributario, o, como prefiere Yuri Semiónov, “politario” [4]. Esta controversia la agudizan las investigaciones más recientes de Alexander Etkind. De ellas se desprende que, en realidad, predominaban los modos de explotación coloniales: “El imperio ruso era un gran sistema colonial tanto en sus fronteras lejanas como en sus lúgubres profundidades, […] un imperio colonial como el de Gran Bretaña o Austria, y un territorio colonizado como el Congo o las Indias Occidentales”, porque “al expandirse a espacios enormes, Rusia colonizó a su propio pueblo. Fue un proceso de colonización interna, la colonización secundaria del propio territorio.”

Esta es la razón, dice Etkind, de que tengamos que “entender el imperialismo ruso como un proceso interno, y no solo externo” [5]. La servidumbre tenía allí un carácter tan colonial como la esclavitud de los negros en Norteamérica, pero afectaba asimismo a campesinos granrusos y a otros que el zarismo consideraba “rusos”: los “pequeñorrusos” (ucranianos) y los “blanquirrusos” (bielorrusos). Etkind llama la atención sobre el hecho de que incluso en la misma Gran Rusia las sublevaciones campesinas tenían un carácter anticolonial y que las guerras con las que el imperio aplastaba esas insurrecciones eran guerras coloniales. Paradójicamente, el centro imperial de Rusia era al mismo tiempo una periferia colonial interna, dentro de la cual la explotación y la opresión de las masas populares eran a veces más intensas que en muchas periferias conquistadas y anexionadas.

Cuando apareció el “imperialismo capitalista moderno”, Lenin escribió que en el imperio zarista se hallaba “envuelto, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas”, tan densa que “en general, en Rusia predomina el imperialismo militar feudal”. Por tanto, escribió, en Rusia “el monopolio del poder militar, de un territorio inmenso o de facilidades especiales para despojar a los pueblos indígenas no rusos, a China, etc., en parte complementa y en parte sustituye al monopolio del capital financiero más moderno” [6]. Al mismo tiempo, siendo el imperialismo de la potencia menos desarrollada de las seis mayores potencias, no era más que un subimperialismo. Como señaló Trotsky, “Rusia pagaba en esta moneda el derecho a estar aliada con los países progresivos, importar sus capitales y abonar intereses por los mismos; es decir, pagaba, en el fondo, el derecho a ser una colonia privilegiada de sus aliados, al propio tiempo que a ejercer su presión sobre Turquía, Persia, Galitzia, países más débiles y atrasados que ella, y a saquearlos. En el fondo, el imperialismo de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más que un agente mediador de otras potencias mundiales más poderosas.” [7]

No hay descolonización sin separación

Fueron precisamente los potentes monopolios extraeconómicos mencionados por Lenin los que aseguraron la continuidad del imperialismo ruso tras el derrocamiento del capitalismo en Rusia a raíz de la Revolución de Octubre. Contrariamente a lo que había declarado Lenin anteriormente en el sentido de que la norma de la revolución socialista sería la independencia de las colonias, de hecho únicamente se separaron de Rusia las colonias a las que no alcanzó la expansión de la revolución o las que la rechazaron. En muchas regiones periféricas, esta expansión tuvo el carácter de una “revolución colonial” dirigida por colonos y soldados rusos sin la participación de los pueblos oprimidos e incluso manteniendo de hecho las relaciones coloniales existentes. Georgi Safarov describió un proceso de este tipo que experimentó la revolución en Turkestán [8]. En otras regiones la revolución se produjo en forma de conquista militar, y algunos bolcheviques, como Mijaíl Tujachevsky, improvisaron rápidamente una teoría militarista de la “revolución desde fuera” [9].

La historia de la Rusia soviética desmiente la tesis de los bolcheviques de que con la caída del capitalismo desaparecerían las relaciones de dominación colonial de unos pueblos sobre otros y de que por consiguiente esos pueblos podían, o incluso debían, permanecer en el marco de un Estado único. El “economismo imperialista”, que negaba el derecho de los pueblos a la autodeterminación y que cundía (aunque fuera criticado por Lenin) entre los bolcheviques rusos, fue una manifestación extrema de este fenómeno. En realidad, lo acertado es exactamente lo contrario: la separación estatal de un pueblo oprimido es una condición necesaria para la destrucción de las relaciones coloniales, aunque no la garantice. Vasyl Shajrai, militante bolchevique de la revolución ucraniana, ya lo comprendió en 1918 cuando polemizó públicamente con Lenin sobre esta cuestión [10]. Muchos otros comunistas no rusos también lo entendieron entonces, en particular el líder de la revolución tártara, Mirsaid Sultan-Galiyev, el primer comunista que fue apartado de la vida política pública a instancias de Stalin, en 1923.

En realidad, el imperialismo basado en los mencionados monopolios extraeconómicos se autorreproducía de muchas maneras, espontáneamente y sin que se notara, incluso cuando perdió su base específicamente capitalista. De ahí que, como demostraría Trotsky, en la década de 1920 Stalin “se convirtió en el vector de la opresión burocrática granrusa” y rápidamente “aseguró ventajas al imperialismo burocrático granruso” [11]. Con el establecimiento del régimen estalinista se restauró la dominación imperialista de Rusia sobre todos aquellos pueblos, previamente conquistados y colonizados, que permanecían dentro de las fronteras de la Unión Soviética, donde representaban la mitad de la población, y sobre los nuevos protectorados, Mongolia y Tuva.

El ascenso del imperialismo burocrático

Esta restauración vino acompañada de una violencia policial asesina e incluso de verdaderos genocidios: el exterminio por inanición conocido en Ucrania por el nombre de Holodomor y en Kasajstán por el de Shasandy Asharshylyk (1932-1933). Los cuadros bolcheviques y la intelectualidad autóctonos fueron exterminados y se puso en marcha una rusificación intensiva. Pequeñas naciones y minorías nacionales enteras fueron deportadas (la primera gran deportación en 1937 fue la de los coreanos que vivían en el Lejano Oriente soviético). El colonialismo interno se expandió una vez más y “la más terrible de esas prácticas fue la explotación de los prisioneros del Gulag, que puede calificarse de forma extrema de colonización interna” [12]. Del mismo modo que en la época del zarismo, la emigración de la población rusa y rusoparlante a las periferias calmaba las tensiones y las crisis socioeconómicas en Rusia, asegurando de paso la rusificación de las repúblicas periféricas. Superpoblado, empobrecido y azotado por el hambre tras las colectivización forzosa, el mundo rural ruso exportó masivamente mano de obra a los nuevos centros industriales en las periferias de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, las autoridades impedían la migración a las ciudades de la población local no rusa originaria del campo.

La división colonial del trabajo distorsionaba e incluso frenaba el desarrollo, y en algunos casos incluso transformaba las repúblicas no rusas y regiones periféricas en fuentes de materias primas y zonas de monocultivo. La acompañaba una división colonial entre la ciudad y el campo, el trabajo manual y el trabajo intelectual, cualificado y no cualificado, bien o mal pagado, además de una estratificación igualmente colonial de la burocracia estatal, de la clase obrera y de sociedades enteras. Estas divisiones y estratificaciones garantizaban al elemento etnicamente ruso o rusificado una posición social privilegiada con respecto al acceso a los ingresos, cualificaciones, prestigio y poder en las repúblicas periféricas. El reconocimiento de la “rusidad” étnica o lingüística en forma de “sueldo público y psicológico” –un concepto tomado por David Roediger de W.E.B. Du Bois y aplicado en sus estudios sobre la clase obrera blanca estadounidense [13]– pasó a ser un importante medio de dominación imperialista rusa o de construcción de una “rusidad” imperialista en el interior mismo de la clase obrera soviética.

Durante la segunda guerra mundial, la participación de la burocracia estalinista en la lucha por un nuevo reparto del mundo fue una extensión de la política imperialista interna. En el curso de la contienda y una vez finalizada, la Unión Soviética recuperó gran parte de lo que había perdido Rusia tras la revolución y conquistó además nuevos territorios. Su extensión territorial creció 1,2 millones de km2, alcanzando los 22,4 millones de km2. Después de la guerra, el territorio de la URSS era 700.000 km2 mayor que el del imperio zarista cuando estaba a punto de sucumbir, y 1,3 millones de km2 menor que la extensión del imperio en el apogeo de su expansión: en 1866, justo después de la conquista de Turkestán y poco antes de la venta de Alaska.

La lucha por un nuevo reparto del mundo

En Europa, la Unión Soviética se anexionó las regiones occidentales de Bielorrusia y Ucrania, Carpato-Ucrania, Besarabia, Lituania, Letonia, Estonia, partes de Prusia Oriental y Finlandia, y en Asia, Tuva y las islas Kuriles meridionales. Pasó a controlar toda Europa Oriental y postuló que Libia se sometiera a su tutela. Trató de imponer un protectorado sobre dos grandes provincias fronterizas chinas, Xinyiang y Manchuria. Además, pretendió anexionarse el norte de Irán y la parte oriental de Turquía, basándose para ello en las ansias de liberación y unificación de numerosas nacionalidades locales. De acuerdo con el historiador azerbaiyaní Jamil Hasanli, la “guerra fría” comenzó en Asia y no en Europa, concretamente en 1945 [14].

El carácter parásito de la burocracia se manifiesta, tan pronto lo permiten las condiciones políticas, en forma de saqueo imperialista”, escribió por entonces Jean van Heijenoort, antiguo secretario de Trotsky y futuro historiador de la lógica matemática. “¿Implica la aparición de elementos del imperialismo que haya que revisar la teoría de que la URSS es un Estado obrero degenerado? No necesariamente. La burocracia soviética se nutre en general de la apropiación del trabajo de otros, y desde hace ya tiempo hemos reconocido este hecho como algo consustancial a la degeneración del Estado obrero. El imperialismo burocrático no es más que una forma especial de esta apropiación” [15].

Los comunistas yugoslavos se convencieron más bien pronto de que Moscú “quería subordinar totalmente la economía de Yugoslavia y convertirla en un mero complemento que suministre materias primas a la Unión Soviética, lo que dificultaría la industrialización y perturbaría el desarrollo socialista del país” [16]. Las “sociedades mixtas” soviético-yugoslavas estaban destinadas a monopolizar la explotación de los recursos naturales de Yugoslavia que necesitaba la industria soviética. El comercio desigual entre los dos países garantizaría unos beneficios extraordinarios a la economía soviética a expensas de la economía yugoslava.

Tras la ruptura de Yugoslavia con Stalin, Josip Broz Tito decía que a partir del pacto Molotov-Ribbentrop (1939), y sobre todo tras la conferencia de los “tres grandes” en Teherán (1943), la URSS participaba en el reparto imperialista del mundo y “avanza conscientemente por la antigua vía zarista del expansionismo imperialista”. Decía asimismo que “la teoría del pueblo dirigente dentro de un Estado multinacional”, proclamada por Stalin, “no es otra cosa que la expresión del sojuzgamiento de hecho, la opresión nacional y el saqueo económico de los demás pueblos y países por el pueblo dirigente” [17]. En 1958, Mao Zedong observó irónicamente en una discusión con Nikita Jrushchov: “Hubo un hombre llamado Stalin que tomó Port Arthur y convirtió Xinjiang y Manchuria en semicolonias, y también creó cuatro sociedades mixtas. Estas fueron todas sus buenas obras” [18].

La Unión Soviética al borde de la desintegración

El imperialismo burocrático ruso se apoyaba en poderosos monopolios extraeconómicos, reforzados por un poder totalitario, y por tanto era de carácter no económico. Debido a ello, resultó ser demasiado débil o totalmente incapaz de llevar a cabo los planes estalinistas de explotar los países satélites de Europa Oriental y las regiones fronterizas de la China popular. Ante la creciente resistencia en estos países, la burocracia moscovita tuvo que abandonar la idea de las “sociedades mixtas”, del comercio desigual y de la división colonial del trabajo que pretendía imponer. Tras la pérdida de Yugoslavia, a partir de 1948 fue perdiendo paulatinamente el control político sobre China y algunos otros países y tuvo que aflojar su dominio sobre otros.

Dentro de la propia URSS, los monopolios extraeconómicos también resultaron incapaces de asegurar a largo plazo la dominación imperialista de Rusia sobre las principales repúblicas periféricas. La industrialización, la urbanización, el desarrollo de la enseñanza y más en general la modernización de las periferias de la Unión Soviética, así como la creciente “nacionalización” de su clase obrera, de la intelectualidad y de la propia burocracia comenzó a alterar gradualmente el equilibrio de poder entre Rusia y las repúblicas periféricas a favor de estas últimas. El dominio de Moscú sobre ellas se fue debilitando, y la creciente crisis del sistema aceleró el proceso, que empezó a desintegrar a la Unión Soviética. Las medidas del poder central para contrarrestar el proceso –como el derrocamiento del régimen de Petro Shelest (1972), calificado de “nacionalista” por el Kremlin, en Ucrania– no lograron revertir la situación y ni siquiera frenar el proceso efectivamente.

Durante la segunda mitad de la década de 1970, el joven sociólogo soviético Frants Sheregui trató de observar la realidad de la URSS a la luz de “la teoría marxista de las clases, combinada con la teoría de los sistemas coloniales”. Concluyó que “la extensión gradual de la intelectualidad y de la burocracia (funcionariado) nacionales [es decir, autóctonas – zmk] en las repúblicas no rusas, el crecimiento de la clase obrera –en suma, la formación de una estructura social más progresiva– llevaría a las repúblicas nacionales a separarse de la URSS”. Pocos años después, por encargo de las máximas autoridades del Partido Comunista soviético, analizó la situación social de los equipos de jóvenes movilizados por el Komsomol (juventudes comunistas) en todo el país con vistas a la construcción de la vía ferroviaria Baikal-Amur, la famosa “obra del siglo”. “Sentí curiosidad”, dice Sheregui, “por la contradicción que descubrí entre la información sobre la composición internacional de los trabajadores de la construcción, difundida a bombo y platillo por la propaganda oficial, y el alto grado de uniformidad nacional de las brigadas de trabajadores que llegaron.” Estaban compuestas casi enteramente por personas étnicamente rusas y rusoparlantes. “Entonces llegué a la conclusión inesperada de que los rusos (y los ‘rusófonos’) estaban siendo desplazados fuera de las repúblicas nacionales” por las llamadas nacionalidades titulares, como por ejemplo los kasajos en Kasajstán.

Esto se confirmó en los estudios que realizó de otros dos grandes proyectos en Rusia. “El gobierno central lo sabía y participaba en el reasentamiento de pobladores rusos mediante la financiación de ‘proyectos de ingeniería de choque’. Así concluí que debido a que los fondos sociales de las repúblicas nacionales se habían agotado, había escasez de puestos de trabajo, incluso para los representantes de las nacionalidades titulares, allí donde existían garantías sociales (guarderías, colonias de vacaciones, sanatorios, oportunidades para la obtención de viviendas); este tipo de situaciones podían generar antagonismos interétnicos, de modo que las autoridades ‘repatriaban’ gradualmente a los jóvenes rusos que vivían en las repúblicas nacionales. Entonces me di cuenta de que la Unión Soviética estaba a punto de estallar en pedazos.” [19]

Imperio militar-colonial

La crisis del régimen burocrático soviético y del imperialismo ruso fue tan profunda que para sorpresa de todos la URSS se hundió en 1991, no solo sin que hubiera una guerra mundial, sino ni siquiera una guerra civil. Rusia perdió sus periferias exteriores, pues 14 repúblicas no rusas de la Unión la abandonaron y proclamaron su independencia: todas aquellas que de acuerdo con la constitución soviética tenían ese derecho. Esto comportó una pérdida de territorios –cosa que carece de precedentes en la historia de Rusia– de una extensión total de 5,3 millones de km2. Sin embargo, como ha señalado Boris Rodoman, un eminente científico que ha creado la escuela rusa de geografía teórica, hoy en día Rusia sigue siendo “un imperio militar-colonial que se mantiene al precio de un derroche desbocado de recursos naturales y humanos, un país de desarrollo extensivo en el que el uso extremadamente despilfarrador y costoso de la tierra y de la naturaleza es un fenómeno común”. En este terreno, así como con respecto a “la migración de poblaciones, las relaciones mutuas entre grupos étnicos, entre la población local y los migrantes en varias regiones, entre las autoridades estatales y las poblaciones, las características ‘clásicas’ del colonialismo siguen vivas, como en el pasado”.

Rusia sigue siendo un Estado plurinacional que comprende 21 repúblicas de población no rusa que abarcan casi el 30% de su territorio. Rodoman escribe que “en nuestro país tenemos un grupo étnico que lleva su nombre y aporta la lengua oficial, además de otros muchos grupos étnicos; algunos de ellos gozan de autonomía nacional-territorial, pero no tienen derecho a abandonar esta pseudofederación, es decir, están forzados a permanecer en ella. Cada vez más a menudo se pone en cuestión la necesidad de que existan unidades administrativas establecidas según los criterios étnicos; el proceso de su liquidación ha comenzado con los distritos autónomos. Sin embargo, casi todos los pueblos no rusos no vivían en Rusia como resultado de una inmigración, no se trasladaron a un Estado ruso ya existente sino todo lo contrario: son nacionalidades sojuzgadas por este Estado, desplazadas, parcialmente exterminadas, asimiladas o las a las cuales se les quitó su estatalidad. En este contexto histórico debe considerarse que las autonomías nacionales, incluso independientemente de hasta qué grado sean reales y hasta qué grado sean apenas nominales, constituyen una recompensa moral para las comunidades étnicas que experimentaron un ‘trauma de subyugación’. En nuestro país los pueblos pequeños que no gozan de una autonomía nacional o a los cuales se les ha quitado su autonomia desaparecen rápidamente (por ejemplo los vepsios y los shors). Las comunidades étnicas indígenas, que al comienzo de la época soviética eran mayoritarias en sus autonomías, hoy son minoritarias, debido a la colonización relacionada con la apropiación de los recursos naturales, las grandes obras, la industrialización y la militarización. La ordenación de las ‘tierras vírgenes’, la construcción de algunos puertos y centrales eléctricas en las repúblicas bálticas, etc., se hacían no solamente por razones económicas sino también para rusificar las periferias de la Unión Soviética. Después de su derrumbe, las típicas guerras por preservar colonias en un imperio que se desintegra son los conflictos armados en el Cáucaso, cuyos pueblos se han convertido en rehenes de la política imperial llevada a cabo según el principio de divide y vencerás. La extensión de la esfera de influencia en el mundo, incluyendo la reincorporación a esta esfera de las antiguas partes de la URSS, constituye hoy la prioridad de la política exterior rusa. En los siglos XVIII y XIX, en la Rusia zarista las tribus nómadas aceptaban convertirse en sujetos rusos, con lo cual sus tierras se convertían automáticamente en tierras rusas. La Rusia pos-soviética reparte pasaportes rusos entre los habitantes de los países colindantes...” [20]

Restauración del imperialismo capitalista

La restauración del capitalismo en Rusia ha complementado en parte y sustituido en parte a los monopolios extraeconómicos, debilitados y amputados tras la desintegración de la Unión Soviética, por un poderoso monopolio financiero fusionado con el aparato de Estado. El imperialismo ruso, reconstruido sobre esta base, sigue siendo un fenómeno inextricablemente interno y externo; opera a ambos lados de las fronteras del país, que una vez más empiezan a ser móviles. Las autoridades rusas han creado una megaempresa estatal que detenta el monopolio de la colonización interna de Siberia Oriental y el Lejano Oriente. Estas regiones tienen yacimientos de petróleo y otros minerales. Gozan también de acceso privilegiado a los nuevos mercados globales en China y en el hemisferio occidental.

Es posible que las dos regiones mencionadas compartan el destino del oeste de Siberia. “El centro federal se reserva casi la totalidad de los ingresos de Siberia occidental derivados de la venta de petróleo, sin destinar fondos a la región ni siquiera para la construcción de carreteras normales”, escribió el periodista ruso Artem Yefimov hace unos años. “El problema, como siempre, no es la colonización, sino el colonialismo”, pues “es la explotación económica y no la mejora y el desarrollo del territorio lo que busca la citada empresa. […] En el fondo es la admisión del hecho de que en el país, en el más alto nivel del Estado, reina el colonialismo. El parecido de esta empresa con la Compañía de las Indias Orientales y otras empresas coloniales europeas de los siglos XVII a XIX es tan evidente que incluso podría resultar gracioso” [21].

Hace un año, la sublevación masiva de los ucranianos en el Maidán de Kiev, que culminaría con el derrocamiento del régimen de Yanúkovych, fue un intento de Ucrania de romper definitivamente la relación colonial que la vinculaba históricamente a Rusia. No podemos comprender la actual crisis ucraniana –la anexión de Crimea, la rebelión separatista en Donbás y la agresión rusa contra Ucrania– si no comprendemos que Rusia sigue siendo una potencia imperialista.

Notes

[1] S.A. Nikolsky, „Russkiye kak imperskiy narod”, Politicheskaya Kontseptologuiya, no. 1, 2014, p. 42-43.

[2] M.N. Pokrowsky, Istoricheskaya nauka i bor´ba klassov, Moskva – Leningrad: Sotsekizd, 1933, vol. I, p. 284.

[3] A.M. Dubrovsky, Istorik i vlast´, Briansk: Izd. Brianskogo Gosudarstvennogo Universiteta, 2005, p. 238, 315-335.

[4] Véase J. Haldon, The State and the Tributary Mode of Production, London – New York: Verso, 1993; Yu.I. Semiónov, Politarnyi (‘azyatskiy’) sposob proizvodstva: Sushchnost´ i mesto v istorii chelovechestva i Rossii, Moskva: Librokom, 2011.

[5] A. Etkind, Internal Colonization: Russian Imperial Experience, Cambridge-Malden: Polity Press, 2011, p. 23-24, 26, 251.

[6] V.I. Lenin, Polnoe sobranie sochineniy, Moskva: Izd. Politicheskoy Literatury, 1969- 1973, vol. XXVI, p. 318; vol. XXVII, p. 378; vol. XXX, p. 174.

[7] L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, Madrid: Fundación Federico Engels, 2007, p. 35.

[8] G. Safarov, Kolonialnaya revolutsiya: Opyt Turkestana, Moskva: Gosizdat, 1921.

[9] M. Tujachevsky, Voyna klassov, Moskva: Gosizdat, 1921, p. 50-59. En inglés: M. Tukhachevsky, ,“Revolution from Without”, New Left Review, no. 55, 1969.

[10] S. Mazlakh, V. Shakhrai, On the Current Situation in the Ukraine, Ann Arbor: University of Michigan Press, 1970.

[11] L. Trotsky, Stalin, Petersburg: Lenizdat, 2007, vol. II, p. 189.