Multipolaridad, mantra del autoritarismo

Author

Kavita Krishnan

Date
December 23, 2022

La defensa de la « multipolaridad » por las izquierdas frente a un orden unipolar liderado por los Estados Unidos ha coincidido de hecho con el autoritarismo en todo el mundo. Las izquierdas deben reflexionar acerca de cómo su lenguaje habilita tales regímenes políticos.

La multipolaridad ya es una brújula que orienta la forma de entender las relaciones internacionales de las izquierdas. Todas las corrientes de izquierda en la India y a nivel mundial han abogado durante mucho tiempo por un mundo multipolar en contraposición a uno unipolar dominado por la principal potencia imperial, los Estados Unidos.

Pero al mismo tiempo, la multipolaridad se ha convertido en la piedra angular del lenguaje de los fascismos y de los autoritarismos globales. Se ha vuelto un grito de guerra para los déspotas que sirve para disfrazar su ofensiva contra la democracia como una guerra contra el imperialismo. El despliegue de la multipolaridad para disfrazar y legitimar el despotismo se ve enormemente facilitado por el respaldo de las izquierdas mundiales a la multipolaridad, percibida como una dinámica de democratización antiimperialista de las relaciones internacionales.

Al plantear sus respuestas a los enfrentamientos políticos dentro de los Estados nación o entre ellos como una opción de suma cero entre apoyar la multipolaridad o la unipolaridad, las izquierdas perpetúan una ficción que, incluso en sus mejores momentos, siempre ha sido engañosa e inexacta. Esta ficción es positivamente peligrosa hoy en día, sirviendo únicamente como un dispositivo narrativo para enfatizar a figuras fascistas y regímenes autoritarios.

Las desafortunadas consecuencias del compromiso de las izquierdas con una multipolaridad sin valores se ilustran muy crudamente en el caso de su respuesta a la invasión rusa de Ucrania. La izquierda global y la de India han legitimado y amplificado el discurso fascista ruso al defender la invasión como un desafío multipolar frente al imperialismo unipolar liderado por los Estados Unidos.

La libertad de ser fascista

Al anunciar la anexión ilegal de cuatro provincias ucranianas el 30 de septiembre 2022, el presidente ruso Vladimir Putin explicó lo que significaban la multipolaridad y la democracia en su marco ideológico. Definió la multipolaridad como la libertad frente a los intentos de las élites occidentales de establecer sus propios valores “degradados” de democracia y derechos humanos como valores universales. Según el dirigente ruso, estos valores son “ajenos” a la gran mayoría de la población de Occidente y de otros lugares.

La estratagema retórica de Putin consistió en declarar que los conceptos de orden basado en normas, democracia y justicia no son más que imposiciones ideológicas e imperialistas de Occidente, que sirven simplemente de pretexto para violar la soberanía de otras naciones.

Mientras Vladimir Putin hacía eco de la justificada indignación por la larga lista de crímenes cometidos por los países occidentales - incluidos el colonialismo, el imperialismo, las invasiones, las ocupaciones, los genocidios y los golpes de Estado-, se hizo fácil olvidar que el suyo no era un discurso en el que se exigiera justicia y reparaciones o el fin de esos crímenes. De hecho, al afirmar de que los gobiernos occidentales no tenían “ningún derecho moral a intervenir, ni siquiera a pronunciar una palabra sobre la democracia”, Putin eliminó hábilmente a las personas humanas de la ecuación.

Los pueblos de las naciones colonizadas son los que lucharon y siguen luchando por la libertad. Los pueblos de las naciones imperialistas salen a la calle para exigir democracia y justicia, y protestar contra el racismo, las guerras, las invasiones, las ocupaciones cometidas por sus propios gobiernos. Pero Putin no apoya a estas personas.

Putin ha pedido a fuerzas “afines” de todo el mundo - movimientos políticos de extrema derecha, supremacistas blancos, racistas, antifeministas, homófobos y transfóbicos - que apoyen la invasión como parte de un proyecto beneficioso para ellos: el de derrocar la “hegemonía unipolar” de los valores universales de la democracia y los derechos humanos y “conseguir la verdadera libertad en una perspectiva histórica”.

Putin privilegia una determinada “perspectiva histórica” para apoyar una versión supremacista de un “país-civilización” ruso en el que las leyes deshumanizan a las personas LGBT y en el que se criminalizan las referencias a acontecimientos históricos en nombre del “fortalecimiento de la soberanía de Rusia”. Afirma la libertad de Rusia para negar y desafiar las normas democráticas y las leyes internacionales definidas “universalmente” por organismos como las Naciones Unidas. El proyecto de “integración euroasiática” que Putin proyecta como un desafío multipolar a la UE “imperialista” y a la unipolaridad occidental, sólo puede entenderse adecuadamente como parte de su proyecto ideológico y político explícitamente antidemocrático. Otro elemento es que el tema de la competencia entre los EEUU y Rusia como grandes potencias se complique por el proyecto político compartido que representan Trump en EEUU y Putin en Rusia.

Un lenguaje común

El lenguaje de la “multipolaridad” y del “antiimperialismo” también encuentra resonancia en el totalitarismo hipernacionalista chino. Una declaración conjunta de Putin y Xi en febrero, poco antes de que Rusia invadiera Ucrania, afirmaba su rechazo compartido a las normas universalmente aceptadas de democracia y derechos humanos, en favor de definiciones culturalmente relativistas de estos planteos: “Una nación puede elegir las formas y los métodos de implementación de la democracia que mejor se adapten a sus tradiciones y características culturales únicas [...] Corresponde únicamente al pueblo del país decidir si su Estado es democrático”. La declaración atribuyó explícitamente estas ideas a “los esfuerzos realizados de parte de Rusia para establecer un sistema multipolar más justo de relaciones internacionales”.

Para Xi, los “valores universales” de libertad, democracia y derechos humanos se utilizaron para provocar la desintegración de la Unión Soviética, los drásticos cambios en Europa del Este, la “revolución de los colores” y las “primaveras árabes”, todo ello causado por la intervención de EEUU y Occidente. Cualquier movimiento popular que exija derechos humanos y democracia ampliamente aceptados es tratado como una revolución de color imperialista intrínsecamente ilegítima.

La demanda de una democracia que cumpla con las normas universales, planteada por los manifestantes en el movimiento de toda China contra la represión en nombre de la política de Cero-COVID, es significativa a la luz de las normas culturalmente relativistas favorecidas por el gobierno chino. Un Libro Blanco editado en 2021 sobre “el enfoque chino de la democracia, la libertad y los derechos humanos” definía los derechos humanos como “felicidad” gracias al bienestar y las prestaciones, no como protecciones frente a un poder gubernamental desenfrenado. Omite llamativamente el derecho a cuestionar al gobierno, a disentir o a organizarse libremente.

Definir la democracia “específica de China” como “buen gobierno” y los derechos humanos como “felicidad” permite a Xi justificar la represión de los musulmanes uigures. Su argumento es que los campos de concentración para “reeducar” a estas minorías y remodelar su práctica del islam para que tenga una “orientación china” han generado un “buen gobierno” y una mayor “felicidad”.

Inclusive los dirigentes supremacistas hindúes de la India retoman con fuerza el discurso fascista y autoritario de un “mundo multipolar”, en el que las potencias civilizatorias volverán a alzarse para reafirmar su antigua gloria imperialista, dejando la hegemonía de la democracia liberal dar un paso al nacionalismo de derechas.

Mohan Bhagwat, jefe de la Rashtriya Swayamsevak Sangh (organización patriótica nacional), declaró con admiración que “China se ha elevado ahora en un mundo multipolar que desafía a los Estados Unidos. No le preocupa lo que el mundo piense de ella. Persigue su objetivo [...] volver al expansionismo de sus emperadores del pasado. Asimismo, en el mundo multipolar actual, Rusia también está jugando su papel. Intenta avanzar suprimiendo a Occidente”.

El primer ministro Narendra Modi también ha atacado repetidamente a los defensores de los derechos humanos al considerarlos antiindios, incluso cuando declara que India es la “madre de la democracia”. Una nota difundida por el gobierno vincula la democracia india con la “cultura y civilización hindúes”, la “teoría política hindú”, el “Estado hindú” y los tradicionales (y a menudo regresivos) consejos de castas que imponen jerarquías de casta y de género.

Estas ideas también reflejan los intentos de incorporar a los supremacistas hindúes a una red mundial de fuerzas autoritarias y de extrema derecha. El ideólogo fascista ruso Aleksandr Dugin (muy parecido a Putin) afirma que “la multipolaridad [...] propugna un retorno a los fundamentos civilizatorios de cada civilización no occidental (y un rechazo de) la democracia liberal y la ideología de los derechos humanos”.

La influencia va en ambos sentidos. Dugin favorece la jerarquía de castas como modelo social (Dugin, 2012). Incorporando directamente los valores de la Manusmriti brahmánica con el fascismo internacional, Dugin ve “el actual orden de cosas” representado por “los derechos humanos, la antijerarquía y la corrección política” como “Kali Yuga”: una calamidad que trae consigo la mezcla de castas (un mestizaje que a su vez trae consigo la libertad de la mujer, también un aspecto calamitoso de Kali Yuga) y el desmantelamiento de la jerarquía. Ha descrito el éxito electoral de Modi como una victoria de la “multipolaridad”, una bienvenida afirmación de los “valores indios” y una derrota de la hegemonía de la “democracia liberal y la ideología de los derechos humanos”.

Sin embargo, la izquierda sigue utilizando la “multipolaridad” sin visualizar cómo los fascistas y los autoritarios expresan sus propios objetivos en el mismo lenguaje.

Donde la izquierda se encuentra con la derecha

El lenguaje de Putin sobre la “multipolaridad” pretende resonar en la izquierda global. Su familiaridad parece impedir que la izquierda - que siempre ha hecho un excelente trabajo poniendo al descubierto las mentiras que subyacen a las afirmaciones de “salvar la democracia” de los belicistas imperialistas estadounidenses - aplique la misma lente crítica a la retórica anticolonial y antiimperialista de Putin.

Es extraño que la izquierda haya hecho suyo el lenguaje de la polaridad. El discurso de la polaridad pertenece a la escuela realista de las relaciones internacionales. El realismo concibe el orden mundial en términos de competencia entre los objetivos de política exterior, que reflejan supuestamente los “intereses nacionales” objetivos de un puñado de “polos”: las grandes potencias o las aspirantes a serlo. El realismo es fundamentalmente incompatible con el punto de vista marxista que parte de la premisa de que el “interés nacional”, lejos de ser un hecho objetivo y neutro desde el punto de vista de los valores, se define subjetivamente por el “carácter político (y por tanto moral) de los estratos dirigentes que conforman y toman las decisiones de política exterior” (Vanaik 2006).

Por ejemplo, Vijay Prashad, uno de los más destacados entusiastas y defensores de la izquierda global de la multipolaridad, observa con aprobación que “Rusia y China buscan la soberanía, no el poder global”. No menciona cómo estas potencias interpretan la soberanía como la libertad de no rendir cuentas a las normas universales de democracia, derechos humanos e igualdad.

Un reciente ensayo del Secretario General del Partido Comunista de la India Marxista-Leninista, Dipankar Bhattacharya, presenta problemas similares al explicar la decisión del partido de equilibrar la solidaridad con Ucrania con su preferencia por la multipolaridad y su prioridad nacional de resistir al fascismo en la India (yo había sido activista del PCI durante tres décadas y miembro de su Politburó hasta que abandoné el partido a principios de este año, debido a diferencias que llegaron a un punto crítico a raíz de la tibia solidaridad del partido con Ucrania).

La expresión de Bhattacharya es que “independientemente del carácter interno de las potencias mundiales en competencia, un mundo multipolar es sin duda más ventajoso para las fuerzas y movimientos progresistas de todo el mundo en su búsqueda de la reversión de las políticas neoliberales, la transformación social y el avance político”. Para decirlo de nuevo, el PCI da la bienvenida al ascenso de las grandes potencias no occidentales, incluso si son internamente fascistas o autoritarias, porque cree que estas potencias ofrecen un desafío multipolar a la unipolaridad estadounidense.

Tal formulación de la izquierda no ofrece resistencia alguna a los proyectos fascistas/autoritarios que se describen a sí mismos como campeones de la “multipolaridad” antiimperialista. De hecho, les ofrece un manto de legitimidad.

Bhattacharya percibe el apoyo incondicional a la resistencia ucraniana como algo difícil de conciliar con la “prioridad nacional” de “luchar contra el fascismo en la India”. La comprensión de que los deberes de solidaridad internacional de la izquierda deben posponerse a su percibida “prioridad nacional” es un caso de internacionalismo marxista enturbiado por el “interés nacional” realista, aplicado esta vez no sólo a los Estados-nación, sino a los propios partidos nacionales de izquierda.

Pero, ¿en qué se contradice la solidaridad incondicional con Ucrania contra una invasión fascista con la lucha contra el fascismo en la India? El razonamiento de Bhattacharya es forzado, indirecto y oblicuo. Da un giro desconcertante hacia la necesidad de que los movimientos comunistas tengan cuidado con los peligros de “priorizar lo internacional a expensas de la situación nacional”.

El único propósito plausible de este desvío parece establecer una analogía con el predicamento actual de la izquierda india en relación con la invasión de Ucrania. Dado que la principal alianza en política exterior del régimen de Narendra Modi es con el Occidente liderado por los Estados Unidos, se sugiere que la lucha contra el fascismo de Modi se debilitaría si Rusia, un rival “multipolar” de los Estados Unidos, fuera derrotada por la resistencia ucraniana.

Este cálculo oculta el simple hecho de que una derrota de la invasión fascista de Putin en Ucrania envalentonaría a quienes luchan por derrotar al fascismo de Modi en la India. Del mismo modo, una victoria del pueblo que resiste a la tiranía mayoritaria de Xi inspiraría a los que resisten a la tiranía mayoritaria de Modi en la India.

En palabras de Martin Luther King Jr, “la injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes”. Debilitamos nuestras propias luchas democráticas cuando elegimos ver las luchas de los demás a través de una lente campista distorsionadora. La nuestra no es una elección de suma cero entre unipolaridad y multipolaridad. En cada situación, nuestras opciones son claras: podemos apoyar la resistencia y la supervivencia de los oprimidos o preocuparnos por la supervivencia del opresor.

Cuando la izquierda asume el “deber” de apoyar la supervivencia de los regímenes “multipolares” (en Rusia, China y para algunos izquierdistas incluso Irán), incumple su deber real de apoyar a las personas que luchan por sobrevivir al genocidio de estos regímenes. Cualquier beneficio que los Estados Unidos puedan obtener de su apoyo material o militar a esas luchas, se ve superado con creces por el beneficio de la supervivencia para las personas que, de otro modo, se enfrentarían a un genocidio. Haríamos bien en recordar que el apoyo material y militar estadounidense a la URSS en la Segunda Guerra Mundial contribuyó a la derrota de la Alemania nazi.

Los regímenes tiránicos interpretan el apoyo a las personas que se resisten a ellos como un apoyo a la “injerencia” extranjera o imperialista en la “soberanía” de esos regímenes. Cuando nosotros, en laizquierda, hacemos lo mismo, servimos de facilitadores y apologistas de esas tiranías. Quienes luchan a vida o muerte necesitan que respetemos su autonomía y soberanía para decidir qué tipo de apoyo moral/material/militar exigen/aceptan/rechazan. La brújula moral de la izquierda mundial e de India necesita un reajuste urgente para que pueda corregir su desastroso rumbo que la lleva a hablar el mismo lenguaje que los tiranos.

Nota original publicada en diciembre 2022 en https://www.theindiaforum.in/politics/multipolarity-mantra-authoritarianism