Movimiento Social
Reproducimos un artículo que expresa una primera reacción de la organización de izquierda ucraniana Sotsialny Rukh (Movimiento Social). Este artículo fue escrito en las horas siguientes al anuncio de los ataques de las fuerzas armadas de Estados Unidos contra Venezuela
La mañana del 3 de enero marca el comienzo de una amplia ofensiva contra la democracia y la frágil paz de los pueblos de América Latina, y no solo para ellos.
Los acontecimientos en Venezuela, donde, tras una operación militar estadounidense, el presidente Nicolás Maduro fue capturado y se declaró el estado de emergencia con movilización, son una nueva manifestación de la exacerbación del conflicto imperialista, cuyas consecuencias serán sentidas por millones de personas en todo el continente.
Las acciones de la administración de Donald Trump no pueden considerarse un incidente aislado o una "respuesta forzada" a la crisis. Como antes, desde los bombardeos de pequeños buques en el Caribe y el Océano Pacífico hasta el bloqueo, se trata de una demostración de fuerza y de la total voluntad de Estados Unidos de recurrir a la violencia sin juicio, sin investigación y sin ningún respeto del derecho internacional. Se utilizan pretextos como la lucha contra el narcotráfico y los cárteles para legitimar la agresión. La mayoría de los productos básicos de las drogas se producían hasta hace poco en China. La proporción de tráfico de drogas que transita por el territorio venezolano es insignificante en comparación con la de otros países de la región y de las otras vías marítimas.
Las excusas invocadas para luchar contra un "gobierno vinculado a los cárteles de la droga" parecen particularmente cínicas en el contexto de la reciente amnistía concedida por Trump al ex presidente hondureño de derecha Hernández, condenado a una severa pena por su participación en el tráfico de cocaína. Fue liberado para ayudar a sus aliados en las últimas elecciones. Como en el caso de la “lucha contra el terrorismo”, el verdadero objetivo no es la seguridad, sino el control de los recursos petroleros y minerales y el establecimiento de un régimen leal a Washington.
Al mismo tiempo, hay que llamar a las cosas por su nombre: el régimen de Nicolás Maduro es autoritario, represivo y profundamente corrupto. No tiene nada que ver con la democracia socialista, aunque se esconde detrás del legado de Hugo Chávez y la retórica bolivariana. Con las sanciones destructivas de Estados Unidos, es precisamente la política del gobierno de Maduro la responsable del colapso económico, la catástrofe social, las ejecuciones extrajudiciales, la desnutrición y la emigración masiva de millones de venezolanos. Los líderes maduristas han reducido a nada los logros de los movimientos de masas y los programas sociales de la época Chávez, desacreditando así la idea de izquierda en la región. Parasitando a la población, el régimen se mantiene gracias a las fuerzas de seguridad, la restricción de las libertades y el apoyo externo, principalmente de Rusia.
Es precisamente el Kremlin el que se ha convertido en uno de los principales aliados de Caracas en el mantenimiento de un modelo de poder autoritario.
El ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, Serguéi Lavrov, ha visitado en varias ocasiones Venezuela, especialmente en abril de 2023, como parte de una gira por Brasil, Venezuela, Nicaragua y Cuba, para movilizar el apoyo político a la guerra de Rusia contra Ucrania. Aunque no es tan odiado como Daniel Ortega, el traidor a la revolución sandinista en Nicaragua, el presidente Maduro declaró su "apoyo total" a Rusia desde el comienzo de la invasión a gran escala, y las instituciones públicas y los medios de comunicación han promovido activamente la interpretación de los acontecimientos por parte del Kremlin.
Sin embargo, identificar el régimen de Maduro con la sociedad venezolana es un grave error
A pesar de la propaganda masiva, la mayoría de los venezolanos no se adhirieron a los discursos pro-rusos. Desde los primeros días de la invasión rusa en Ucrania en 2022, la gente salió a la calle para protestar contra la agresión, en un país donde las manifestaciones se criminalizan y dispersan regularmente. Los venezolanos blandían banderas ucranianas, coreaban “Stop Putin” y criticaban abiertamente la alianza de su gobierno con el Kremlin.
Esta solidaridad con Ucrania tiene raíces profundas. Desde la época del Euromaidan, muchos venezolanos consideran que la lucha ucraniana es cercana y comprensible: una lucha contra un poder corrupto, el control extranjero y el autoritarismo. La simpatía por Ucrania no proviene solo de un sentimiento antibélico, sino también de un rechazo a la influencia extranjera, que es decisiva para la supervivencia del régimen de Maduro, al igual que para el régimen de Vladimir Putin, ambos investigados por la Corte Penal Internacional.
Desde 1999, Ucrania y Venezuela han establecido relaciones amistosas, que comenzaron a establecerse bajo los auspicios del ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Borys Tarasyuk, que había sido recibido por el entonces presidente venezolano, Hugo Chávez. Curiosamente, el cónsul venezolano en Rusia en la época de Chávez, José David Chaparro, se unió a la Legión Internacional de Defensa Territorial de Ucrania en 2022 y se encargó de la reconstrucción de las ciudades destruidas por las tropas rusas.
Es por eso que la actual agresión de Estados Unidos no puede justificarse, ni siquiera por las críticas de Maduro. Al proclamar en su reciente “Estrategia de Seguridad Nacional” su intención de devolver a América Latina y el Caribe a un papel de “patio trasero” subordinado, en el espíritu de la “doctrina Monroe”, el imperialismo estadounidense busca “limpiar” la región de todos los regímenes que no se corresponden con sus intereses económicos y geopolíticos, al tiempo que fortalece a las fuerzas de extrema derecha.
El aislamiento del gobierno progresista de Colombia y las amenazas a un gobierno similar en México, el fortalecimiento de la alianza con el régimen de extrema derecha en Argentina a expensas de los contribuyentes estadounidenses, el apoyo a los vengativos neofascistas de Brasil, encabezados por Jair Bolsonaro, el uso de la infame megaprisión del régimen represivo de Bukele en El Salvador para detener a las personas deportadas de Estados Unidos, todo esto forma parte de una estrategia para restablecer la hegemonía de Washington en América Latina. Es significativo que, durante el mandato anterior de Trump, los asuntos venezolanos fueron supervisados por el mismo Elliot Abrams, responsable de la formación, en la época de Reagan, de los "escuadrones de la muerte" de las dictaduras anticomunistas, que cometieron más del 90% de los crímenes de las guerras civiles en los estados de América Central, como la masacre de mil habitantes del pueblo de Mosote en El Salvador. Un “cambio de régimen” impuesto desde el exterior solo agravará la catástrofe social. Al igual que la política racista de Trump hacia los refugiados venezolanos, esta guerra sigue una política de desprecio por la vida humana. Aunque no cause masivas víctimas directas (la invasión de los marines estadounidenses en 1989 para derrocar al dictador y narcotraficante Noriega, que casi hasta entonces era cliente de la CIA en la lucha contra los movimientos revolucionarios de la región, causó al menos un centenar de muertes entre los civiles), la desestabilización externa provocará nuevos trastornos internos.
Además, la posible llegada al poder del ala “trumpista” de la oposición también representa un peligro. Así como Maduro es una caricatura del socialismo, el curso ultraderechista y ultracapitalista de María Corina Machado, quien, tras recibir el Premio Nobel de la Paz, ha subrayado repetidamente que preferiría transmitirlo a Trump y apoyaría su intervención contra su propio país, es una caricatura del movimiento democrático. En cambio, la oposición de izquierda al madurismo, que reúne cada vez más a los partidarios decepcionados de la revolución bolivariana, insiste en la inaceptabilidad de un escenario militar y en el hecho de que el destino de Venezuela debe ser decidido por los propios venezolanos, y no por los líderes imperialistas.
La lucha contra la dictadura de Maduro y la lucha contra el imperialismo estadounidense no son contradictorias. Son las dos caras de un mismo conflicto, en el que los pueblos son tomados como rehenes por juegos geopolíticos. Por eso hoy es necesario hablar de solidaridad con la población venezolana, la misma solidaridad que los venezolanos han mostrado hacia Ucrania en su resistencia a la agresión rusa.
El pueblo venezolano lucha contra el yugo imperialista y es rehén del régimen depredador de Maduro.
¡Venezuela, nosotros también resistimos contra el imperialismo!
Traducción: Faustino Eguberri