Vías hacia un internacionalismo socialista

La cruenta guerra en Ucrania y las crecientes tensiones alrededor de Taiwán muestran el surgimiento desigual de rivalidades interimperialistas en medio de una crisis general de la rentabilidad para las clases dominantes. Mientras sigue desvaneciéndose la época de la hegemonía imperial indiscutible de EE UU, ninguna faceta de estas tensiones favorece la mejora de las condiciones de un cambio revolucionario. Al contrario, este incipiente estado multipolar introduce diversos cambios de la colaboración entre Estado y capital, así como conflictos que crean nuevas vías de contención de la fuerza de la clase obrera. De hecho, aquí exploraré el grado sin precedentes de interdependencia económica que observamos actualmente entre EE UU y sus rivales, consecuencia de décadas de globalización neoliberal.

El silencio ensordecedor de las principales potencias sobre la limpieza étnica de la población armenia [del Alto Karabaj] a manos de Azerbaiyán y el interés de EE UU y China en mantener la potencia israelí muestran que los antagonismos geopolíticos no reflejan una franca rivalidad.

Partes de la izquierda antiguerra, representada, por ejemplo, por grupos como CodePink, no disponen de ningún marco para dar cuenta de estos cambios. Consideran que su única responsabilidad consiste en combatir el imperialismo estadounidense, lo que significa que tienen poco que decir cuando otros imperialistas y naciones opresoras amenazan la autonomía de países pequeños. Peor aún, la incapacidad de estos grupos para comprender los contornos cambiantes del sistema imperialista mundial contemporáneo resta efectividad a su lucha bienintencionada contra el imperialismo estadounidense, al no reconocer la interdependencia de este último con otros Estados, incluidos aquellos con los que mantiene relaciones tensas.

Los imperialismos imbricados de hoy

El mejor concepto para comprender las rivalidades en un contexto de interdependencia que caracterizan el imperialismo global actual es el de cooperación antagonista. Acuñada por el marxista alemán August Thalheimer y desarrollada posteriormente por marxistas brasileños de Política Operária (POLOP) en la década de 1960, la cooperación antagonista, como ilustra el programa de 1967 de POLOP, es “una cooperación encaminada a la conservación del sistema, que se basa en el proceso mismo de centralización del capital y que no elimina los antagonismos inherentes al mundo imperialista”.

En el periodo actual, el concepto puede ayudar a explicar con qué intensidad pueden producirse las rivalidades geopolíticas entre Estados imperialistas y subimperialistas ‒incluidas las que se dan dentro de los bloques geopolíticos rivales‒ sin interrumpir la acumulación de capital a escala global, aunque sea de forma desigual. No pretendo subestimar la existencia y los peligros de las rivalidades interimperialistas, sino establecer que tales antagonismos emergen en un contexto de cooperación.

Para que quede claro, esta insistencia en la cooperación interimperialista no equivale al “ultraimperialismo” que imaginó Karl Kautsky, una fantasía en que los imperialistas depondrían pacíficamente las armas y coexistirían compartiendo beneficios. La primera guerra mundial pulverizó esta quimera, y está claro que hoy en día los imperialistas siguen sin coexistir pacíficamente. Nuevos focos de tensión se convierten en guerras calientes.

Sin embargo, a pesar de estas rivalidades, parece que la globalización continúa. Toda la palabrería sobre la eliminación de riesgos es una manifestación de la globalización que se adapta a las nuevas condiciones de tensión geopolítica. Lo que vemos actualmente es que el desacoplamiento total entre diferentes países imperialistas es mucho menos franco o inevitable que en la primera guerra mundial.

“La interdependencia económica entre imperios no impidió una guerra en toda regla en la década de 1910. Sin embargo, incluso los principales académicos que estudiaron la interdependencia económica durante la primera guerra mundial se centraron sobre todo en la interdependencia entre aliados y con las colonias de ultramar, no entre los bloques contendientes.” (Jamie Martin, “Globalizar la historia de la primera guerra mundial: enfoques económicos, The Historical Journal vol. 65, n.º 3 (junio de 2022): 838-855 [en inglés]).

Las tensiones actuales entre EE UU y China se dan en un momento en que el comercio bilateral entre ambos países marca un récord histórico. La financiarización ha alcanzado cotas monstruosas, impensables durante la primera guerra mundial. En otras palabras, necesitamos analizar cómo la persistencia de estos lazos económicos limita y define los términos de los antagonismos interimperialistas que surgen inevitablemente, de maneras que Lenin, Hilferding, Bujarin y otros estudiosos tempranos del imperialismo no predijeron plenamente.

La integración de la clase capitalista por medio de instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) entra en tensión directa con la tendencia actual del sistema mundo hacia un nacionalismo económico e industrial renovado y creciente en EE UU y China. El desacoplamiento de determinadas industrias, ejemplificada por las crecientes rivalidades en el sector tecnológico, choca con la resistencia de otros sectores dominantes del capital.

Unos pocos ejemplos ilustran mi tesis. A pesar de los informes que dicen que el crecimiento del fabricante aeronáutico chino Commercial Aircraft Corporation of China (COMAC) está expulsando la competencia occidental del mercado chino, COMAC y Boeing firmaron a finales de 2022 un nuevo acuerdo para profundizar la cooperación en un centro de investigación conjunto. Incluso cuando Microsoft relocaliza parte de su personal de sus oficinas en China, el gigante tecnológico sigue promoviendo la creación de importantes empresas conjuntas con compañías chinas, de Kuberay a Avanade. Los aranceles estadounidenses afectan negativamente a las importaciones chinas, pero las exportaciones chinas siguen en auge con respecto a productos como vehículos eléctricos y baterías.

El año pasado, en un discurso pronunciado en Davos, Xi Jinping reafirmó que “China seguirá dejando que el mercado desempeñe un papel decisivo en la asignación de recursos” mientras “mantiene el sistema comercial multilateral con la OMC en el centro”, un planteamiento que el viceprimer ministro, Liu He, corroboró el pasado enero en el mismo lugar. En efecto, la supuesta caída en picado de las importaciones chinas en EE UU en 2023 es más compleja de lo que parece a simple vista: la mayor parte de estos productos hacen un rodeo a través de países como Vietnam y México. Hasta el director general de Raytheon ha dicho este otoño de 2023 que el desacoplamiento simplemente no es viable, dada la abundancia de minerales raros que hay en China y que se necesitan para la producción en EE UU.

En un caso diferente, pero relacionado, los trágicos acontecimientos en el Alto Karabaj también muestran la realidad de que las cosas no son tan claras como la rivalidad interimperialista tradicional. Mientras Occidente trataba de establecer vínculos con Azerbaiyán en un intento de acceder a sus recursos petrolíferos como alternativa energética a Rusia desde que comenzó la guerra en Ucrania, Azerbaiyán se ha dedicado a profundizar sus relaciones con Rusia para importar su gas a fin de satisfacer la demanda del mismo. Turquía, país miembro de la OTAN, que alentó la campaña de limpieza étnica azerí, también espera convertirse en una nueva plataforma gasista para blanquear el gas ruso y venderlo a Occidente como gas turco. A pesar de las sanciones impuestas por Occidente a Rusia, Chevron no ha dejado de participar en el proyecto, encabezado por Rusia, del oleoducto del mar Caspio. No se vieron semejantes imbricaciones que perduraran durante la cruenta primera guerra mundial.

El creciente nacionalismo industrial en diversos países no impide totalmente el compromiso de sus clases dominantes con la globalización neoliberal. Parece que existen discrepancias en el seno de cada clase capitalista nacional, entre quienes están por acelerar la nueva guerra fría y quienes se oponen. Las instituciones financieras fijan más que nunca los términos del orden mundial imperialista, particularmente a través de gestoras de activos como Blackrock y Vanguard; esta última es ahora uno de los principales bloques accionariales de Exxon y de la compañía estatal china Sinopec.

El economista Patrick Bond observa que diversos Estados, especialmente los que algunos pregonan como alternativa multipolar al capitalismo occidental, ayudan a profundizar y expandir la acumulación de capital, tal como comenzó a describirla Rosa Luxemburg un siglo antes. Bond escribe: “En primer lugar, las tendencias amplificadas de la crisis capitalista global emanan de economías centrífugas de los BRICS. En segundo lugar, la multipolaridad amplifica el carácter neoliberal de las instituciones multilaterales, especialmente en el sector financiero, el comercio y la política climática, cuando los BRICS consiguen un asiento junto a la mesa. En tercer lugar, en plan subimperialista, las grandes empresas con base en los BRICS son fuerzas cruciales para la acumulación sobreexplotadora dentro de sus respectivas regiones y más allá1/.”

En otras palabras, los protagonistas de esta nueva guerra fría no son los actores. Los Estados de tamaño medio y otros con influencia regional también encuentran nuevas formas de meter baza. Codirigen esta continuación de la acumulación de capital estructurada por otros hegemones hallando espacio para reforzar su propio poderío político, con el viento favorable de la expansión de un importante sector financiero. Campeones de la multipolaridad, desde Lula hasta Xi, para citar de nuevo a Bond, miran a la izquierda y van a la derecha: hablan en términos antiimperialistas para distraer de la gente de los problemas endógenos en sus países, que no pueden reducirse del todo a sanciones estadounidenses, mientras siguen defendiendo la globalización incluso más fielmente que EE UU.

Viejos aliados de EE UU, como los saudíes, están diversificando sus carteras, por decirlo de alguna manera, en parte mirando hacia China y pensando en diversas formas de asociación neoliberal público-privada para el desarrollo. Lo mismo ocurre con Israel, cuyo comercio con China se ha disparado en los últimos años, justo cuando acaba de despegar la campaña de boicot, desinversión y sanciones (BDS). Incluso en pleno bombardeo genocida de Gaza en octubre, China critica a Israel por ir demasiado lejos, pero reafirma la solución de dos Estados. Cuando Israel trata de diversificar sus alianzas políticas y económicas, China busca equilibrar sus profundos compromisos con las burguesías israelí y árabes adoptando una visión sumamente comprometida de la soberanía palestina.

Demandas concretas

¿Qué deberían aprender los movimientos socialistas de este caótico periodo de transformación del sistema mundo imperialista? La lección crucial es que la contradicción central de la actual rivalidad interimperialista ‒a saber, la persistencia de una profunda interdependencia que estructura la rivalidad‒ la distingue de la unipolaridad estadounidense, la rivalidad interimperialista tradicional durante la primera guerra mundial o la que Karl Kautsky imaginó como una federación pacífica “de los más fuertes, que renuncian a su carrera de armamentos”.

No debemos interpretar el desacoplamiento de determinadas industrias como un desmantelamiento declarado de la interdependencia en el sistema mundo imperialista. Esto me lleva a la cuestión clave que quiero plantear: hacerlo implicaría el riesgo de pasar por alto los numerosos espacios de colaboración interimperialista que pueden ofrecer objetivos importantes para una estrategia socialista en la labor internacionalista.

¿Cómo resituar entonces nuestras estrategias en pro del internacionalismo de acuerdo con este análisis? En primer lugar hemos de reconocer la atracción persuasiva que ejerce una política que insiste en que debemos centrarnos exclusivamente en los crímenes de EE UU sobre muchas y muchos radicales recientes y jóvenes al tiempo que guarda silencio sobre la opresión de otros Estados. Hay quienes dicen que las personas que viven en el corazón del imperio no tienen derecho a intervenir en los asuntos internos de otros países, especialmente los que están amenazados por EE UU y en que nuestro deber internacionalista se circunscribe a lo que hace el imperialismo estadounidense. Esto ofrece a las y los activistas del centro imperial una promesa ‒ilusoria, pero convincente‒ de acción práctica.

Esta promesa es poderosa: permite a las gentes socialistas de Occidente sentir que pueden compensar suficientemente sus privilegios de vivir en la metrópolis imperial y apoyar significativamente a sus homólogas del extranjero sin tener que abordar realmente los inmensos retos de apoyar movimientos independientes extranjeros frente a las presiones del imperialismo global y de su propia clase dominante. Colocando esas luchas entre paréntesis ofrece una salida fácil, conformándose con soluciones que limitan el crecimiento de las conquistas revolucionarias. Como dice el historiador de las ideas Barnaby Raine, esta clase de política es profundamente pesimista, “basada en la realidad de que resulta difícil concebir mayores transformaciones históricas”.

La omnipresencia de este pesimismo significa que resultaría difícil convencer a las masas socialistas a que actúen concretamente en apoyo de movimientos atacados por opresores ajenos a EE UU. Hemos de explicar que estas luchas están conectadas y dar prioridad a la búsqueda de soluciones organizativas capaces de tender puentes entre ellas, lejos de aislarlas entre sí. Más específicamente, hemos de ser precavidos ante soluciones que desdibujan la independencia de los movimientos socialistas con respecto a los sectores liberales en las amplias luchas democráticas. Como dijo Lenin en ¿Qué hacer?, la alianza condicional de los socialistas con los demócratas burgueses solo tiene sentido “en la medida en que se refiera a su tarea democrática” y debemos abstenernos de acciones que amenazan con convertir “el movimiento obrero naciente en un apéndice de los liberales”.

Ante todo, no sirve de nada y está fuera de lugar, en el caso de muchas personas socialistas, antiimperialistas y activistas, llamarles, por ejemplo, a presionar activamente a favor del envío de más armas a Ucrania, pues en su mayoría están horrorizadas ante el que ahora se ha convertido en el mayor presupuesto militar de la historia de EE UU. Por supuesto, el movimiento socialista debe defender el derecho de los movimientos de liberación nacional a pedir armas a quien pueda suministrárselas, como hicieron cuando la República española pidió armas a los países capitalistas para luchar contra el fascismo durante la guerra civil española.

Al mismo tiempo, hemos de reconocer que las potencias occidentales están armando a Ucrania y Taiwán, por ejemplo, para ampliar masivamente sus propios presupuestos militares. Los halcones liberales reclaman el aumento del suministro de armas a Ucrania y la izquierda necesita pensar en que nuestra propia actividad nos diferencie de ellos, en vez de imitarles y solicitar más armas. Podemos apoyar el derecho del pueblo ucraniano a pedir armas al tiempo que nos oponemos a los esfuerzos de los imperialistas occidentales por aprovechar la ayuda defensiva y humanitaria a Ucrania como excusa para incrementar los presupuestos e infraestructuras militares.

Más allá de esta cuestión, necesitamos algo más que llamamientos abstractos y moralizantes a “apoyar a los movimientos de la clase trabajadora y la autodeterminación en todas partes”, desconectados de campañas concretas. Necesitamos organizarnos en torno a soluciones positivas que nos diferencien de los liberales, aprovechando la fuerza de diversas luchas locales para atacar espacios de colaboración interimperial o de interdependencia. Esto puede adoptar diversas formas. Por ejemplo, el llamamiento a la cancelación de la deuda de Ucrania por parte de las instituciones financieras multilaterales ayuda concretamente tanto a la lucha por la autodeterminación de Ucrania como a las alternativas de reconstrucción frente a la política neoliberal del gobierno de Zelensky, al tiempo que nos dota de objetivos concretos (como el FMI) contra los que organizarnos en Occidente.

Esta clase de llamamientos concretos pueden insertarse en demandas de transición a escala global, conectando con otras campañas populares que arremeten contra los regímenes de deuda expansivos de dichas instituciones y las políticas austeritarias de ajuste estructural en partes del Sur global, como Sri Lanka.

En cuanto a China, es preciso que se organicen los sectores socialistas y sindicales en industrias estratégicas en que colaboran EE UU y China (por ejemplo, tiendas Apple y Tesla), mezclando reivindicaciones laborales con otras de carácter internacionalista. Al identificar la interdependencia de empresas estadounidenses y capitales chinos como espacio concreto de lucha podemos ofrecer una alternativa concreta a muchas personas disidentes de otros países que ven en las políticas militaristas de EE UU frente a China el principal campo de acción del internacionalismo. Podemos apoyarnos en experiencias del pasado, incluidos los siguientes ejemplos, entre otros:

  • La manifestación de la Campaña de Solidaridad con el Pueblo Uigur (Uyghur Solidarity Campaign) del Reino Unido para denunciar los vínculos de Zara con los trabajos forzados a que están sometidas muchas personas uigures.
  • La campaña de 30 días del sector musulmán de DSA llamando al boicot a las empresas occidentales cómplices de los trabajos forzados a que están sometidas muchas personas uigures.
  • La manifestación de activistas sindicales chinos que trabajan en tiendas de Apple para denunciar el trato degradante a que Apple y Foxconn someten al personal chino.
  • La Jornada de Solidaridad con el personal chino de Foxconn, realizada en 2012 por las bases del sindicato del personal de las tiendas de Apple (Apple Retail Union) en EE UU.

Construir una izquierda internacionalista

Este marco nos permite asimismo inclinar hacia la izquierda a comunidades de la diáspora. Para estas poblaciones que no pueden expresar sus discrepancias en sus países de origen, los movimientos en el corazón imperial ofrecen a menudo un espacio estratégico para formular demandas como oposición independiente y construir organizaciones de masas. Estos grupos suelen encasillarse como agrupaciones irremediablemente derechistas y anticomunistas, como la diáspora cubana, pero la realidad es mucho más compleja. Desde mi experiencia personal en círculos de la diáspora de Hong Kong puedo afirmar que estos espacios pueden ser excesivamente favorables a EE UU, liberales y pretendidamente no ideológicos, pero muchos suelen acoger de buena gana toda propuesta táctica en la medida en que les ayude a combatir los regímenes de su país de origen.

En este sentido, por ejemplo, toda oportunidad de movilizar a diversas comunidades disidentes que se oponen a la opresión del régimen chino dentro de la campaña propalestina del BDS puede dar un buen resultado. Esta idea puede favorecer que estas comunidades reconozcan las intersecciones del poder estadounidense y chino en su mutuo apoyo económico del régimen de apartheid israelí, al tiempo que engrosa las filas de la lucha de solidaridad con Palestina. De este modo, la experiencia colectiva de movimientos que combaten contra diferentes imperialismos puede arremeter efectivamente contra espacios de colaboración interimperialista que persisten a pesar de las tensiones geopolíticas, especialmente cuando el poder económico y político de uno se deriva en parte del de otro.

Los gobiernos supuestamente antiimperialistas suelen apropiarse de estructuras tradicionales de opresión colonial y apoyarse en ellas. El escritor tibetano Kalden Dhatsenpa observa que los conocimientos técnicos y los capitales de las compañías mineras canadienses “han contribuido a acelerar el ritmo y ampliar la escala de la anexión del Tibet por parte de China”. Pan Yue, el presidente actual de la Comisión China de Asuntos Étnicos, proclama abiertamente que China debería aprender de los métodos coloniales de EE UU, Rusia e Israel para introducir a los colonos de la etnia han en su región fronteriza occidental.

Lo mismo ocurre con los recursos imperialistas que el Estado chino ha reclutado para establecer el régimen de vigilancia en Sinkiang, como con la adopción, por parte de las academias de policía oficiales, de las tácticas de contrainsurgencia israelíes. La oposición al imperialismo estadounidense debe ir más allá de la crítica selectiva de sus instrumentos y abordar sus tratos con otros Estados rivales.

Hemos de apoyar a todos los movimientos por la autodeterminación frente a sus opresores, pero la forma concreta que adopta esta solidaridad puede variar en función de otras dinámicas geopolíticas más amplias y otras condiciones específicas. En el caso de Ucrania, que cuenta con el respaldo de los países imperialistas occidentales, debemos tomar postura de manera más persuasiva de cara a implicar a la gente en un esfuerzo por impulsar conjuntamente una campaña positiva: por la abolición de la deuda de Ucrania junto con las deudas del Sur global, construir la solidaridad con los sindicatos ucranianos y promover sus reivindicaciones.

Este enfoque no abandona el apoyo a la autodefensa de Ucrania, sino que crea una plataforma concreta de solidaridad internacional que es la imagen inversa de quienes se oponen a la ayuda que reclama Ucrania. La mejor táctica frente a los ataques a nuestra posición en relación con la autodeterminación de Ucrania no estriba en combatir simplemente esas críticas en sus propios términos, sino en redefinir los términos del debate. Nuestro argumento central debe ser este: si las y los socialistas desean realmente lo mejor para el pueblo ucraniano, estarían luchando activamente con nosotros por las demandas concretas que planteamos, no defendiendo meramente una plataforma negativa y de oposición (por ejemplo, oposición al suministro de armas a Ucrania sin hacer nada más) que no propone vías concretas para la solidaridad con un movimiento a favor de la autodeterminación.

Por otro lado, esta clase de campañas de oposición intransigente son esenciales cuando se utiliza nuestra propia máquina de guerra contra estos movimientos a favor de la autodeterminación. La construcción de un frente amplio opuesto al suministro de armas de EE UU a Israel con diversas tácticas tendría una eficacia inmediata. La cooperación antagonista de países imperialistas, de EE UU a China, para sostener el Estado colonial invasor facilita que podamos atraer a otros movimientos para oponernos a toda clase de inversión en Israel, desde las empresas estadounidenses hasta las chinas.

Este marco nos proporciona al menos un punto de partida para animar a las gentes socialistas a pensar sobre la violencia de otros países capitalistas y otros imperialismos. Nuestra respuesta a quienes nos echan en cara que no batallamos contra el imperialismo estadounidense debe ser esta: de hecho son ellos los que se quedan cortos en el combate a fondo contra el imperialismo estadounidense, precisamente por negarse a actuar contra los demás imperialismos con los que aquel colabora.

Noviembre de 2023

Traducción: viento sur

Notas

1/ Patrick Bond, “The BRICS’ Centrifugal Geopolitical Economy”, Vestnik RUDN. International Relations 18, n.º 3 (2018): 5