Las posiciones del Sur global sobre Ucrania son más complejas de lo que se piensa

El pasado 19 de julio, Sudáfrica anunció que el presidente de Rusia, Vladímir Putin, no acudiría a finales de agosto a la cumbre del BRICS en Johannesburgo, poniendo fin a las especulaciones sobre la posibilidad de que Sudáfrica lo detuviera al amparo de la orden dictada por la Corte Penal Internacional (CPI). En su lugar asistirá el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lávrov.

La orden de la CPI acusa a Putin de deportar ilegalmente a miles de niños y niñas ucranianas a Rusia. Rusia, al igual que EE UU, no se ha adherido a la CPI, mientras que Sudáfrica sí lo ha hecho, lo que significa que se habría enfrentado a un gran dilema. Como ha dicho el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, “no podemos” invitar a Putin a la cumbre y luego detenerlo, “pero tampoco podemos decirle ‘venga a Sudáfrica’ y no detenerlo, porque estaríamos incumpliendo nuestra propia ley”.

BRICS es el acrónimo de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, un grupo que con el acrónimo BRIC se constituyó en 2009, incorporando a Sudáfrica en 2010. Se trata de una coalición informal de países relativamente grandes y económicamente potentes que experimentan un rápido crecimiento. Emergen del Sur global para ocupar una posición en que aspiran a cuestionar la dominación incontestada de la economía mundial por los países más poderosos del Norte global. De estos países, tan solo Brasil y Sudáfrica se han adherido a la CPI, mientras que Rusia, China e India no lo han hecho, lo que implica que la posibilidad de que Putin fuera detenido habría causado graves fricciones en el seno del grupo, por no hablar de las peligrosas consecuencias globales que podrían derivarse de la detención del líder de una superpotencia dotada de armamento nuclear.

Este breve comentario contra Sudáfrica y el BRICS plantea la problemática cuestión de la neutralidad con respecto a la guerra entre Rusia y Ucrania. Mientras que China, India y Sudáfrica se abstuvieron en las votaciones de Naciones Unidas que condenaron la invasión rusa, Brasil votó formalmente a favor de la condena. Sin embargo, este posicionamiento fue duramente criticado por el entonces presidente de extrema derecha de Brasil, Jair Bolsonaro, quien se declaró solidario con Putin. Este no alineamiento encaja con la postura de las elites gobernantes de los países del BRICS, puesto que pretenden poner en tela de juicio el poder de los países occidentales que protagonizan la defensa internacional de Ucrania.

Muchas y muchos comentaristas han tratado de presentar esta postura de los países del BRICS ‒y la posición ambivalente de algunos otros Estados relativamente poderosos‒ como una opinión representativa de la totalidad del Sur global, del mundo en desarrollo de las antiguas colonias. Con la presunción de hablar en nombre de varios miles de millones de personas de tres continentes, este planteamiento viene a decir que el apoyo a Ucrania es un proyecto exclusivo del Occidente imperialista e incluso que la mayoría del mundo se abstuvo, puesto que China e India engloban a dos quintas partes de la población mundial.

África volvió a atraer los focos en junio, cuando una delegación de Sudáfrica, la República del Congo, Egipto, Senegal, Uganda y Zambia visitó Ucrania y Rusia para presionar a ambos países a acordar un alto el fuego, lo que implicaría que las fuerzas rusas mantuvieran el control sobre una quinta parte de Ucrania. Ambos países rechazaron el llamamiento ‒Putin manifestó su desdén por la neutralidad prorrusa de los países africanos lanzando un misil sobre Kyiv en el momento de la llegada de la delegación‒, poniendo de relieve una crisis de irrelevancia de países que lidiaron sus propios combates por su independencia frente al colonialismo y ahora se niegan a apoyar a Ucrania en un momento en que está haciendo lo mismo.

Para ilustrar esta cuestión: desde mediados del siglo XVII, Ucrania estuvo subyugada por el imperio emergente del zar de Rusia, en un tiempo en que Gran Bretaña, Francia y otras potencias coloniales también estaban construyendo sus propios imperios. En 1863 se prohibió la publicación de la mayoría de libros en lengua ucraniana, incluidos los libros de texto. En 1876 se declaró ilegal la edición de casi toda la literatura ucraniana, la puesta en escena de obras de teatro en ucraniano, la escolarización en ucraniano y el uso del ucraniano en la vida pública en general. A pesar del breve florecimiento de la cultura ucraniana y la creación de la República Soviética de Ucrania tras la revolución bolchevique de 1917, la supresión de la cultura ucraniana se reanudó pronto bajo el régimen estalinista. La población ucraniana votó por mayoría aplastante a favor de la independencia en 1991. Putin aspira a restablecer el imperio ruso y declara abiertamente que Ucrania no tiene derecho a existir fuera de Rusia. Se trata, por tanto, de una lucha anticolonial clásica.

A menudo se señala la hipocresía occidental para explicar la negativa de algunos gobiernos del Sur global a apoyar la resistencia anticolonial de Ucrania. Es un buen argumento: por ejemplo, las potencias occidentales que apoyan la resistencia ucraniana adoptan una postura diferente con respecto a la brutal e ilegal ocupación de Palestina durante décadas por parte de Israel, con las consiguientes violaciones de los derechos humanos. Ni siquiera los horribles actos brutales del propio Putin en Chechenia o Siria provocaron la misma reacción occidental que ahora vemos en Ucrania. Después de todo, se trata de países musulmanes, y además Moscú presentó esas guerras como parte de la guerra global contra el terrorismo.

Es más, hay conflictos en África en que mueren muchísimas personas, como el reciente asalto a Tigray que han llevado a cabo durante dos años las fuerzas etíopes y eritreas. Por tanto, es comprensible que mucha gente en África se sintiera ofendida cuando la ministra de Estado francesa Chrysoula Zacharopoulou exigió “solidaridad de África” frente a la “amenaza existencial” para Europa que supone la invasión rusa. Las potencias occidentales, al igual que Rusia, actúan en función de sus propios intereses, que ocasionalmente pueden coincidir con los intereses de la justicia. La población civil ucraniana bombardeada en los bloques de pisos no tiene la culpa de que Occidente apoye más a su país que a otras luchas justas.

Un argumento similar es que la ambivalencia con respecto a la guerra entre Rusia y Ucrania por parte de algunos gobiernos del Sur global refleja las memorias anticoloniales de sus poblaciones. Los gobiernos occidentales que ahora apoyan la resistencia ucraniana frente al imperialismo ruso fueron antaño las potencia coloniales que gobernaron sobre la gente en el Sur global, mientras que la Unión Soviética apoyó a menudo las luchas anticoloniales. Esto resuena especialmente en Sudáfrica, donde EE UU y el Reino Unido fueron los últimos países importantes del mundo en combatir las políticas de apartheid, mientras que la URSS apoyaba desde hacía mucho tiempo la lucha contra esa lacra.

Esto plantea múltiples problemas evidentes. Rusia no es la URSS. De hecho, muchos líderes del Congreso Nacional Africano (ANC) se formaron en Ucrania cuando esta formaba parte de la Unión Soviética. Rusia tiene una larga historia como potencia colonizadora y hoy pretende reconquistar su antigua colonia ucraniana al puro estilo colonial del siglo XIX. Así, la conciencia anticolonial bien podría comportar cierta simpatía hacia el pueblo ucraniano. Y los números no suman: 140 países votaron a favor de la condena de la invasión rusa, en su gran mayoría pertenecientes al Sur global, mientras que tan solo cinco votaron en contra.

Es más, el argumento de que la hipocresía occidental explica la postura ambivalente de algunos gobiernos del Sur es problemático. Muchos de estos gobiernos, feroces opresores a los que la hipocresía occidental importa muy poco ‒la India de Modi, Israel, Arabia Saudí, Etiopía‒, figuran entre los que se abstuvieron, rechazaron las sanciones o tomaron iniciativas que han beneficiado de alguna manera a Rusia.

Las elites gobernantes y la opinión pública

Pero en todo ello hay un problema más profundo: la supuesta unanimidad de las elites dominantes y los gobiernos con sus pueblos, es decir, la idea de que gente explotada, oprimida o incluso asesinada sostiene las mismas opiniones que sus opresores, y de que las decisiones y políticas de sus opresores reflejan de hecho sus puntos de vista. Hay varias dificultades a la hora de discernir las opiniones de la gente corriente, no así las de sus gobiernos. En primer lugar, es probable que los cientos de millones de personas extremadamente pobres en todo el Sur global estén más preocupadas por sobrevivir en el día a día que formarse una opinión sobre una guerra europea. Esto significa que apenas pueden sentir simpatía alguna por Ucrania, pero que también es improbable, por la misma razón, que apoyen la postura prorrusa de sus gobiernos.

En segundo lugar, la opinión pública la moldean normalmente las elites que controlan los principales medios de comunicación, de modo que una parte del apoyo a las posiciones gubernamentales puede reflejar esta circunstancia, en vez de que las políticas de las elites gobernantes reflejan las memorias anticoloniales de las masas. En tercer lugar, sin embargo, la mayoría de sondeos de opinión en el Sur global no parecen confirmar en todo caso esta narrativa. Más bien suelen reflejar un firme apoyo a Ucrania.

No podemos apostar por la validez absoluta de sondeos realizados entre meros miles de personas en países que cuentan con millones de habitantes, pero son lo que tenemos, y sus resultados en gran medida similares sugieren una desconexión entre las posturas de una serie de elites del Sur global y sectores significativos de sus poblaciones. Pese a estas reservas, cabe interpretar que estos datos indican que necesitamos una explicación mejor de las posiciones neutralistas de muchas elites del Sur global que no la idea de que reflejan el sentimiento antiimperialista de los respectivos pueblos.

Lo que llama la atención con respecto a los principales países que se abstuvieron en la votación sobre la condena a Rusia o aprobaron formalmente la condena, pero que en otro orden de cosas se mostraban prorrusos en la práctica, es su naturaleza subimperial. El investigador sudafricano Patrick Bond, la investigadora brasileña Ana Garcia y su colega portugués Miguel Borba califican de subimperiales las potencias que “sobreexplotan a sus clases trabajadoras, mantienen relaciones predadoras con sus regiones periféricas y colaboran (no sin tensiones) con el imperialismo”. En su intento de construir sus propias zonas de influencia regionales, su colaboración con las potencias imperialistas globales se ve perturbada por episodios de competición, lo que el difunto economista brasileño Ruy Mauro Marini llamó “cooperación antagonista”. El hecho de competir parcialmente con las pogtencias imperialistas globales no convierte a estos países en antiimperialistas; al contrario, como argumentan Bond, Garcia y Borba, aspiran “a emular los precedentes expansionistas occidentales, utilizando instrumentos de poder multilateral (orientado a grandes empresas)”.

De este modo, sus puntos de vista, decisiones y acciones son un reflejo de los intereses de las elites de estas potencias de magnitud media, y no de la conciencia popular anticolonial. Su multilateralismo refleja su posicionamiento geopolítico ‒su negociación global‒ entre los imperialismos estadounidense, europeo, ruso y chino, sacando provecho del actual conflicto global en torno a Ucrania para afirmar sus propios intereses subimperiales, la opresión de sus colonias interiores y su influencia y sus avances regionales.

Mientras que 140 países miembros de la Asamblea General de Naciones Unidas votaron tanto a favor de la condena de la invasión rusa en marzo de 2022 como más tarde a favor de la condena de la anexión por parte de Rusia de una quinta parte de Ucrania, cinco se opusieron a ambas resoluciones y 35 se abstuvieron sobre ambas. Por tanto, incluso en el plano gubernamental, la gran mayoría de naciones del Sur global aprobaron la condena. Es cierto que un tercio de los países se abstuvieron, pero el 60 % votaron a favor de la condena, y mientras que 43 jefes de Estado africanos habían acudido a la última cumbre Rusia-África en 2019, solo 17 asistieron a la cumbre que acaba de celebrarse en julio. Allí le dijeron a Putin sobre todo que pusiera fin a la guerra y advirtieron de las graves consecuencias que tiene para la seguridad alimentaria de África la retirada por parte de Rusia del acuerdo que permitía a Ucrania exportar su grano.

Como la mayoría de mitos, estas afirmaciones se basan en fragmentos y piezas de medias verdades. Puesto que la mayoría de las alrededor de 30 naciones del Norte global votaron a favor de la condena de la invasión rusa, todas las abstenciones fueron del Sur global, por mucho que su número fuera mucho menor que el de las condenas. De los cinco países que votaron en contra de la condena, Rusia y Belarús son países blancos del Norte global, mientras que tres pertenecen al Sur: la dictadura asesina de Bashar al Asad en Siria; el Estado policíaco desquiciado de Corea del Norte; la feroz dictadura represiva de Eritrea (por primera vez); y el régimen autoritario de Daniel Ortega en  Nicaragua (por segunda vez). En la votación de febrero de 2023 para volver a condenar la invasión en su aniversario, se les unió la dictadura de Mali, respaldada por el Grupo Wagner.

Sin embargo, los países votan por diferentes razones. Mientras que algunos Estados más grandes se abstuvieron porque simpatizan con Moscú o desean proyectar a escala global su poder subimperial, muchos países pobres se abstuvieron por motivos económicos, temiendo que el voto a favor de la condena pudiera afectar a importantes vínculos económicos con Rusia. Otros, como Siria, Mali y la República Centroafricana, son más bien subsidiarias o semicolonias rusas bajo ocupación semimilitarizada.

El otro núcleo de verdad es que únicamente los países occidentales han enviado armas a Ucrania y activado sanciones económicas contra Rusia. Claro que esto apenas resulta extraño: los principales proveedores de armas del mundo son los países más ricos, y solo ellos pueden permitirse los efectos negativos de unas sanciones impuestas a un país grande como Rusia. Para los países más pobres, imponer sanciones podría acarrear reveses significativos, dada la importancia de Rusia en los mercados mundiales de alimentos, fertilizantes y energía. Y la guerra de Ucrania tiene lugar en Europa, por tanto es lógico que los países europeos estén más directamente interesados, del mismo modo que todos los países africanos se opusieron al apartheid y los Estados árabes apoyan oficialmente a Palestina.

Con la excepción de Turquía, ningún aliado de EE UU en Oriente Medio ha suministrado armas a Ucrania o impuesto sanciones a Rusia. Después de que Occidente decretara el embargo del petróleo ruso, EE UU presionó a los países del Golfo a que incrementaran la oferta de crudo a fin de reducir los precios globales. En julio, los saudíes respondieron convenciendo a la OPEP para que redujera la producción de petróleo a razón de dos millones de barriles al día, para su beneficio y el de Rusia. El desaire definitivo frente a EE UU fue la fastuosa bienvenida que ofreció al príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman en diciembre al presidente chino Xi Jinping; ambos suscribieron una asociación estratégica. La dictadura de Sisi en Egipto inició la construcción de la primera central nuclear egipcia por parte de Rusia en julio de 2022.

El entonces primer ministro de extrema derecha israelí, Naftali Bennett, fue el primer líder mundial en visitar a Putin tras la invasión. Presionado por EE UU, el ministro de Exteriores israelí Yair Lapid, un político centrista, pronunció una condena oficial, pero Bennett exigió que sus ministros no hicieran declaraciones, prohibió que otros países enviaran armas de fabricación israelí a Ucrania e impidió la entrega de tecnología antimisiles israelí “Iron Dome” al país invadido. Cuando el entonces líder de la oposición Benjamin Netanyahu, que desde hacía tiempo había estrechado lazos con Putin, fue reelegido en diciembre de 2022, la primera declaración de su nuevo gobierno prometió “hablar menos” de Ucrania.

Todos estos no son países pobres, carentes de poder de negociación, pero Israel, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos no suelen considerarse la vanguardia antiimperialista. Si añadimos otros países con gobernantes de extrema derecha ‒Viktor Orban, el aliado de Putin en Hungría, Modi en India y Bolsonaro en Brasil, aliados tanto de Rusia como de EE UU‒, los problemas que suscita la explicación antiimperialista de la moderación con Rusia saltan todavía más a la vista.

El caso de Sudáfrica

¿En qué se demuestra la eventual correspondencia entre las políticas de estos poderosos gobiernos del Sur global y los sentimientos anticoloniales de sus poblaciones, que supuestamente se expresan en el apoyo a la invasión (colonial) de Ucrania por parte de Rusia? Sudáfrica es un ejemplo revelador. De hecho, dada la participación de este país en maniobras navales con Rusia y China el pasado mes de febrero, “toda pretensión de neutralidad se ha desvanecido”, declaró la periodista sudafricana Redi Thlabi en un reciente episodio del podcast The Lede de New Lines.

A la hora de explicar los votos de Sudáfrica en la ONU, la mayoría de comentarios señalan los “lazos tradicionales” entre el ANC, que dirigió la lucha contra el apartheid, y la Unión Soviética, que apoyó su combate. ¿Es posible que el voto del gobierno refleje un amor popular por Moscú a raíz de esta historia? Según Thlabi, incluso si Sudáfrica fuera realmente neutral, esto no puede justificarse por la historia de la lucha contra el apartheid, porque al igual que la condena del apartheid, la invasión de un país por otro es una cuestión de principios, y en su momento Sudáfrica “necesitó a otros países para apoyar nuestra lucha contra el apartheid” y no esconderse tras la neutralidad.

Es más, según un sondeo de Gallup entre personas africanas de 24 países, realizado en 2021 (antes de la invasión), tan solo el 30 % de la muestra sudafricana mostró una opinión positiva de Rusia, la segunda valoración más baja del continente. De hecho, la mayoría de países en que la gente manifestó un apoyo relativamente bajo a la dirección rusa (30 %-41 %) se hallan en la parte meridional de África ‒Tanzania, Zimbabue, Namibia y Mozambique‒, países abstencionistas cuyos gobiernos se asocian a las luchas anticoloniales, apoyadas por la URSS, de las décadas de 1970 y 1980, conectadas con el movimiento antiapartheid. Así, en los países en que cabría esperar el mayor apoyo a Rusia en virtud de esta narrativa anticolonial, en realidad resulta ser el más bajo.

Téngase en cuenta que estas son cifras de 2021; desde febrero de 2022 se han registrado fuertes caídas del apoyo a Rusia en todo el mundo. También conviene señalar que mientras que la aprobación del gobierno ruso era en promedio más alto en África (42 %) que en todo el mundo (33 %), era de todos modos más bajo en los porcentajes de aprobación de los gobiernos de EE UU (60 %), China (52 %) y Alemania (49%). Asimismo llama la atención que el promedio del 42 % de aprobación de Rusia en 2021 ya reflejaba un descenso con respecto al 57 % en 2011, en una década en que las aventuras imperialistas globales de Rusia cobraron más intensidad. La invasión de 2022 no habrá ayudado. Nótese finalmente que a pesar de que el promedio africano sea más alto, el 30 % de aprobación en Sudáfrica era inferior al promedio global del 33 %.

De este modo, lejos de representar un sentimiento popular favorable a Moscú, es más plausible que el voto del gobierno del ANC representa el posicionamiento global de la elite dirigente subimperialista del BRICS. Las clases trabajadoras y la gente pobre de todo el cono sudafricano, donde los partidos gobernantes se muestran próximos a Rusia, sufren una brutal explotación por parte de las elites gobernantes surgidas del ANC: la Unión Nacional Africana-Frente Patriótico de Zimbabue, FRELIMO (el partido gobernante de Mozambique), SWAPO (el partido gobernante de Namibia) y el Movimiento Popular por la Liberación de Angola. De hecho, Sudáfrica es el país con más desigualdad del mundo, de acuerdo con el Índice de Gini de 2023, mientras que Namibia, Mozambique, Angola y Zimbabue figuran todos entre los 15 más desiguales (Brasil, miembro del BRICS, es el noveno).

Otros países africanos

Por eso no es extraño que mucha gente de estos países comparta muy pocas cosas en términos de perspectivas con el régimen subimperial de Sudáfrica o los regímenes neocoloniales de los países vecinos, asociados con los imperialismos ruso, chino u occidental. Incluso poniendo en duda los resultados del sondeo, ¿a qué se debe la marcada diferencia con el mayor porcentaje de aprobación ‒entre el 50 % y el 70 %‒ del liderazgo ruso en África Occidental? Se dice que Rusia ganó allí muchos puntos en los últimos años con sus iniciativas para desplazar a Francia de su papel dominante, especialmente en la guerra contra el terrorismo. ¿Representa la abstención de varios países africanos occidentales ‒Mali, República Centroafricana, Guinea y Togo‒ un ascenso del apoyo a Rusia? Y si así fuera, ¿refleja esto un sentimiento anticolonial?

El problema de la sustitución de un país imperialista por otro es que la bienvenida inicial puede volverse amarga una vez se consolida el nuevo poder. Puesto que se trata de un sondeo de 2021, hay que tener en cuenta el bajón global de la simpatía hacia Rusia tras la invasión de Ucrania y, en los casos de Mali y la República Centroafricana, la manera en que los gobernantes respaldados por Rusia revelaron sus brutales designios en 2022. En noviembre de ese año, el grupo All Eyes on Wagner relacionó a los paramilitares rusos del Grupo Wagner en Mali con 23 incidentes de violación de los derechos humanos, cuando soldados malienses y mercenarios rusos ejecutaron a unos 300 civiles en la ciudad de Moura. Asimismo, en la República Centroafricana, mercenarios de Wagner secuestraron, torturaron y asesinaron regular e impunemente a  cierto número de personas, de acuerdo con un informe de Naciones Unidas, que afirma que una empresa rusa vinculada a Wagner “se hizo con licencias para abrir minas de oro y diamantes”. Una vez más, la brutalidad culminó en marzo de 2022, cuando Wagner masacró a más de 100 buscadores de oro de Sudán, Chad, Níger y la República Centroafricana.

El Grupo Wagner comenzó a operar en África in 2017, invitado por el entonces dictador sudanés Omar al Bashir, obteniendo su primera concesión minera para la extracción de oro. La demanda de oro de Rusia creció enormemente tras la invasión de Ucrania y las sanciones. ¿Acaso las comunidades a las que pertenecían aquellas personas asesinadas se consideran parte de un Sur global prorruso que se manifestó con las abstenciones de Mali, la República Centroafricana y Sudán? ¿O representan aquellos posicionamientos más bien los intereses de estos violentos gobernantes neocoloniales respaldados por Rusia?

Otro gobierno que se abstuvo fue Etiopía, cuya reciente guerra de dos años contra su región de Tigray se cobró la vida de unas 600.000 personas. ¿Es su abstención una voz “contra la hipocresía occidental”, expresada a pesar del firme apoyo de EE UU al gobierno? ¿Pudo votar la gente de Tigray? Eritrea, que se sumó a la guerra de Etiopía contra Tigray, fue el único país africano que votó con Moscú en Naciones Unidas. Dado que en el pasado la Unión Soviética había apoyado la guerra brutal de la junta militar etíope (Derg) contra la independencia eritrea, este posicionamiento no puede explicarse por una supuesta memoria anticolonial. La dictadura eritrea de Isaias Afwerki fue acusada en un informe de 2021 de Human Rights Watch de “someter a su población a trabajos forzados y conscripción obligatoria, sin un órgano legislativo, sin organizaciones de la sociedad civil ni medios de comunicación independientes, y sin un poder judicial independiente”.

Brasil

En cuanto a Brasil, tanto el anterior gobierno de extrema derecha de Bolsonaro como el actual del presidente Luiz Inacio Lula, situado a la izquierda del centro, han tomado partido a favor de Rusia. Para Bolsonaro, Putin (como Trump) es un aliado ideológico. En vísperas de la invasión rusa viajó a Moscú y declaró su “profunda solidaridad” con Rusia. Aunque su gobierno votó formalmente a favor de la condena, Bolsonaro criticó duramente este posicionamiento, afirmando que el pueblo ucraniano “confiaba a un payaso el destino de la nación”. Posteriormente, Brasil se abstuvo en el Consejo de Seguridad y no condenó las anexiones del este de Ucrania. Mientras tanto, el comercio entre Brasil y Rusia creció rápidamente. Si bien Lula criticó la invasión rusa, sostuvo que Ucrania era “igual de responsable” que Rusia del estallido de la guerra.

No obstante, según un sondeo de opinión realizado por Morning Consult, “el porcentaje de personas adultas brasileñas con una opinión favorable de Rusia cayó en picado, del 38 % al 13 %” desde la invasión de Ucrania, “mientras que el porcentaje de la población que tiene una opinión desfavorable se disparó del 28 % al 59 %”. Actualmente, el 62 % de la gente de Brasil dice que está del lado de Ucrania, frente a tan solo un 6 % que apoya a Rusia. Esto sugiere más bien lo contrario de una “presión de las masas antiimperialistas”.

Conviene destacar que mientras que varios países latinoamericanos con gobiernos de izquierda se abstuvieron en las votaciones en la ONU, otros ‒Chile, Máxico y Colombia‒ votaron a favor de la condena, junto con una amplia mayoría. Con motivo de la cumbre del 18 de julio de la Unión Europea y la Comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños, que tuvo lugar en Bruselas, el presidente de izquierda de Chile, Gabriel Boric, condenó la invasión rusa, que tildó de “guerra de agresión imperialista inaceptable que viola el derecho internacional”. La propuesta de resolución sobre Ucrania se suavizó para llegar a un consenso con gobiernos ambivalentes, pero sí expresa “una profunda preocupación por la guerra en curso contra Ucrania, que sigue causando inmensos sufrimientos humanos”, con la única disensión de Nicaragua.

India

Las abstenciones de India en Naciones Unidas representan una combinación de vínculos tradicionales con Rusia ‒apoyarse en Rusia para contrarrestar a China, que para India es la rival principal‒ y el posicionamiento global de una elite subimperial del BRICS. Además, al igual que en el caso de Bolsonaro, la alianza con el putinismo de extrema derecha es profundamente ideológica para el partido gobernante supremacista hindú de Modi, el Bharatiya Janata Party (BJP).

Poco después del comienzo de la invasión, miembros de la organización de extrema derecha india Hindu Sena se manifestaron en apoyo a Putin y su guerra. El presidente de Hindu Sena, Vishnu Gupta, defendió que India pusiera “pie en tierra” y apoyara a Rusia. El concepto de extrema derecha de Akhand Bharat, que engloba la totalidad del subcontinente, desde Afganistán hasta Myanmar, en una nación indivisa con India en el centro, recuerda las visiones ultranacionalistas rusas impulsadas por ideólogos como Alexander Dugin y retomadas por Putin, que sostienen que antiguas partes del imperio ruso pertenecen a Rusia. Calificado de cerebro de Putin tras la invasión rusa de Crimea en 2014, Dugin es un influyente filósofo ruso que ensalza las conquistas imperiales rusas en nombre de lo que llama “neoeurasianismo”.

Modi, quien estuvo involucrado en el pogromo antimusulmán de Gujarat en 2002, encabeza un régimen profundamente chovinista en un país en que el número de milmillonarios aumenta tan rápidamente como la mayor cifra de gentes absolutamente pobres de la Tierra. ¿De verdad es probable que los cientos de millones de mujeres, dalits y minorías social y económicamente oprimidas y marginadas tengan la misma opinión favorable a Putin que el régimen de Modi o que esta opinión refleja la memoria anticolonial de la lucha contra Gran Bretaña?

El valor de los pequeños sondeos de opinión es dudoso en un país tan grande y diverso, pero entre los que tenemos, una encuesta de Ipsos de mayo de 2022 reveló que mientras seis de cada diez personas indias apoyaban el mantenimiento de relaciones con Rusia y se oponían a las sanciones, el 77 % creía que las sanciones impuestas por otros eran “una táctica eficaz para detener la guerra” y un 70 % creía que “no hacer nada animará a Rusia” a extender la guerra a otros lugares. En un sondeo de Blackbox Research realizado en marzo, tan solo el 4 % de personas indias encuestadas tenían una imagen positiva de Moscú, un 60 % culparon a Rusia del conflicto y un 91 % simpatizaban con Ucrania.

A simple vista, esto sugiere como mínimo que las personas indias encuestadas simpatizaban más con Ucrania que el régimen del BJP. Es interesante ver cómo el apoyo a Rusia parece ser más fuerte en las redes sociales, que probablemente representan los puntos de vista de la clase media alta. Entre las justificaciones expresadas, sin embargo, el anticolonialismo no merece ninguna mención; más bien se aducen los “lazos históricos entre India y Rusia”, siendo esta última la principal proveedora de armas de India, y la conveniencia de evitar que Rusia se incline demasiado hacia China. No obstante, el armamento avanzado que India compra a Rusia no está destinado a combatir el fantasma del colonialismo británico. Es más probable que se utilice en la Cachemira ocupada o ayude a construir el arsenal de su alianza antichina Quad con EE UU, Australia y Japón.

China

Con los 1.400 millones que cuenta la población china, una encuesta entre un número relativamente reducido de personas no puede ser muy ilustrativa, y el monopolio casi total del Partido Comunista Chino (PCC) sobre los medios de comunicación (incluidas las redes sociales) dificulta aún más la tarea de discernir las opiniones populares. Aun así, el sondeo de Blackbox antes citado revela que tan solo un 8 % de personas chinas encuestadas tenían una imagen positiva de Moscú y un 71 % simpatizaban con Ucrania, mientras que tan solo el 10 % culpaban a Rusia del conflicto. No está claro qué podemos deducir de esta contradicción, pero podemos afirmar algunas cuestiones generales.

En primer lugar, ¿es lógico asumir que las masas tibetanas colonizadas o la población uigur musulmana de Sinkiang ‒donde un millón de personas son objeto de asimilación forzosa‒ tengan opiniones similares con el régimen que preconiza un chovinismo de la etnia han? En un país que cuenta con más de 900 milmillonarios, ¿qué probabilidad existe de que la población flotante de mano de obra migrante, brutalmente explotada ‒una quinta parte de la población, sobre cuyas espaldas se edificó el milagro chino‒ esté de acuerdo con sus explotadores? ¿O que las políticas del gobierno reflejen sus opiniones antiimperialistas?

En segundo lugar, la decisión china de abstenerse en las votaciones en Naciones Unidas al tiempo que afirma que “es preciso respetar la soberanía e integridad territorial de todos los países, incluida Ucrania”, se explica mejor como reflejo de la política asertiva de una nueva potencia imperialista que no de una especie de conciencia antiimperialista de “una quinta parte de la población mundial”. En su primer viaje al extranjero después de la pandemia, concretamente a Kazajistán ‒una exrepública soviética con una amplia minoría rusa‒, el presidente chino Xi ofreció un firme apoyo a la “independencia, soberanía e integridad territorial” de Kazajistán. Rusia es tanto una aliada como una rival imperial, y China la prefiere más como vasalla que como igual, cosa que Putin no ha garantizado precisamente con su embrollo ucraniano.

La fastuosa visita de Xi a Arabia Saudí en diciembre de 2022, con motivo de la cual ambos países elaboraron un acuerdo de asociación estratégica y empresas chinas y saudíes firmaron 34 contratos de inversión, supuso una incursión importante en el territorio tradicional estadounidense y ruso. Mientras, al torpedear Putin con la invasión la conexión Nord Stream y la sólida relación económica entre Rusia y Alemania, el gobierno alemán abrió la puerta a que un importante grupo naviero chino adquiera una participación en el estratégico puerto de Hamburgo.

Priman los intereses de las elites gobernantes

Los sondeos globales suelen corroborar los resultados de las encuestas nacionales y supranacionales. Un sondeo realizado por Open Society entre 21.000 personas en 22 países, la mayoría del Sur global, reveló un “apoyo firme y amplio” a la opinión de que la paz exige que Rusia “abandone todas las partes del territorio ucraniano”. Las únicas excepciones se dieron en Senegal (46 %), India (44 %), Indonesia (30 %) y Serbia (12 %). Las poblaciones que apoyan más firmemente este punto de vista son Kenia (81 %), Nigeria (71 %), Brasil (68 %) y Colombia (67 %), entre otras, todas ellas por encima de EE UU, Japón, Francia y Alemania. En líneas generales no se observó ninguna diferencia entre el Sur y el Norte globales.

Un contraste parcial es el que aportó un sondeo de Ipsos con 19.000 personas de 27 países, pero que estuvo centrado en cuestiones relacionadas con la imposición de sanciones o la implicación militar de su país. Por tanto, no es extraño que los grados más altos de apoyo se dieran en Europa, como se ha comentado más arriba. Sin embargo, entre los países en que la población contraria a cualquier tipo de acción  o interferencia es más numerosa figuran Hungría, Israel, Arabia Saudí y Turquía, lo cual no es precisamente una típica representación del antiimperialismo del Sur global.

Pese a que estas encuestas a miles de personas de países cuyas poblaciones suman millones hay que cogerlas con pinzas, a falta de datos mejores podemos decir tentativamente que ninguna sugiere la existencia de una corriente de apoyo a Rusia o su invasión en el Sur global, sino más bien lo contrario. Y eso a pesar de la tendencia a que la opinión pública la definan las elites. El hecho de que las mayorías encuestadas parecen simpatizar más con Ucrania que sus gobiernos sugiere un punto de vista consciente de mucha gente del Sur global. De nuevo, una objeción razonable es que es probable que millones de personas preocupadas desesperadamente por sobrevivir en el día a día no tengan ninguna opinión sobre una guerra europea, pero esto desmiente todavía más la idea de que esos gobiernos reflejan opiniones dominantes entre sus poblaciones.

Por eso retomo una explicación que no se basa en no identificar las elites gobernantes opresoras con sus poblaciones, sino en los intereses de esas mismas elites: la naturaleza subimperial de los Estados relativamente poderosos que encabezan la abstención o en todo caso una facción ambivalente, cuyos actos reflejan su posicionamiento geopolítico entre los imperialismos estadounidense, europeo, ruso y chino, y que han aprovechado la crisis de este conflicto global para reforzar su posición en la mesa de negociación.

Si bien esta no es en modo alguno la última palabra sobre las causas de la neutralidad efectiva o la orientación prorrusa de varias clases dominantes y gobiernos del Sur global, se fundamenta más en la realidad empírica que la narrativa según la cual estos gobiernos no hacen más que reflejar una conciencia popular anticolonial, que se traduce en el apoyo a un proyecto blanco, europeo y colonial (conquista imperial rusa).

El BRICS está en proceso de expansión, con una serie de países ‒Argelia, Argentina, Bangladesh, Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán, México, Nigeria, Turquía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos‒ interesados en adherirse. Algunas de estas solicitudes podrían tratarse en la próxima cumbre de Johannesburgo. Aunque no existen criterios de adhesión formales, parece que este bloque pretende abarcar por norma países con poblaciones grandes o economías potentes, para convertirse en una alternativa a la dominación de la economía mundial por el G7 (las siete economías más ricas del mundo).

El Banco de Desarrollo del BRICS se considera una alternativa al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, ambos dominados por Occidente, y se centra en la concesión de créditos para la construcción de infraestructuras. Algunos países no miembros del BRICS, como Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, ya han adquirido acciones del banco. Los Estados miembros del BRICS están intentando ahora socavar la dominación del dólar comerciando con otras monedas distintas del dólar. No está claro si esto dará resultado, pero la reducción del predominio global de un conjunto de países e instituciones es un objetivo deseable.

Sin embargo, es un error confundir esto con la idea de que las elites gobernantes de los países subimperiales del BRICS representan a la totalidad del Sur global, y mucho menos a sus miles de millones de habitantes. Como tal, el BRICS representa una franja situada entre el G7 y el resto del Sur global y tiene sus propios intereses, que pueden entrar en conflicto con unos y otros. En efecto, el ascenso de China es mucho más espectacular que el de cualquier otro país miembro del BRICS, hasta el punto de amenazar con convertir el BRICS en un club de apoyo a una nueva potencia mundial. Por otro lado, el repudio por parte de Rusia del acuerdo sobre el grano ucraniano y sus ataques a los puertos de este país suponen una grave amenaza para el bienestar de millones de personas del Sur global que depende de las exportaciones de alimentos de Ucrania.

Todo esto refuerza el argumento de que las posturas neutrales o ambivalentes de los países del  BRICS (y otros países grandes similares) con respecto a la guerra de Rusia contra Ucrania representan los intereses de las propias elites poderosas emergentes y no los de los miles de millones de personas del Sur global.