La izquierda y Ucrania: ¿antiimperialismo o alterimperialismo?

Nota: Recientemente, varios medios digitales han publicado traducciones (https://links.org.au/war-ukraine-four-reductions-we-must-avoid) de algunos de mis artículos (https://www.momentocritico.org/post/la-guerra-en-ucrania-cuatro-reducciones-que-debemos-evitar) sobre la invasión rusa de Ucrania. Les doy las gracias por ello. Aun así, creo que es importante actualizar aquellas intervenciones, que en algunos casos escribí hace más de un año.

Tratando de navegar en una situación internacional cada vez más inestable y compleja, la izquierda debe tener presentes tres principios fundamentales:

  1. Antiimperialismo coherente
  2. Reconocimiento del derecho de los pueblos a la autodeterminación
  3. Apoyo a las luchas de los pueblos explotados y oprimidos en todos los Estados y naciones

Sin duda, el primer punto incluye la lucha contra el imperialismo de EE UU y de la OTAN. Negamos que la OTAN o sus Estados miembros sean fuerzas democráticas. Algunos países miembros de la OTAN (Turquía) no son Estados democráticos ni mucho menos, ni siquiera aplicando los criterios menos exigentes. Algunos aliados de la OTAN son abiertamente antidemocráticos (Arabia Saudí). Miembros de la OTAN han apoyado en más de una ocasión el derrocamiento de gobiernos elegidos democráticamente y protegido a quienes los derrocaron. En pocas palabras: la OTAN es un brazo del imperialismo occidental y del imperialismo estadounidense dentro del bloque imperialista occidental (en este bloque existen y han existido tensiones).

La idea de que la OTAN se disolvería tras la desaparición de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia se basaba en la apreciación de que su razón de ser radicaba en la Guerra Fría contra la URSS y sus aliados. Sin embargo, esto solo era una parte de su objetivo: la finalidad más amplia es la defensa de la dominación imperialista occidental (y capitalista) a escala global frente a cualquier amenaza. En las últimas décadas, esto ha incluido la imposición del orden neoliberal en todo el planeta.

De ahí que la desaparición de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, lejos de dar pie a la disolución de la OTAN, vino seguida de la expansión de esta hacia el este y su redefinición como pacto de seguridad, autorizado a actuar más allá de las fronteras de sus países miembros. Las fricciones provocadas por esta expansión comportó el agravamiento de las tensiones, que sin duda es una de las causas del conflicto actual entre la OTAN y la Federación Rusa. Quienes denuncian el papel de la expansión de la OTAN en la preparación del conflicto tienen razón. Este es indudablemente un aspecto de la guerra que no podemos perder de vista.

¿Cómo debería responder la izquierda al expansionismo de la OTAN y a la política imperialista occidental? Las líneas generales de esta respuesta se conocen de sobra. Incluyen la defensa del nivel de vida y de los intereses inmediatos de la mayoría, compaginando esta defensa con una política  antimilitarista y antiintervencionista, luchando asimismo por dotar a este movimiento de una orientación anticapitalista cada vez más clara.

No obstante, mientras luchamos contra el imperialismo estadounidense y de la OTAN, no debemos restringir el imperialismo a su variante occidental. Las transformaciones de Rusia y China durante las últimas décadas han creado dos grandes potencias capitalistas interesadas en consolidar sus propias zonas de influencia y su control político, económico y militar, proyectando sus intereses más allá de sus fronteras. El hecho de que estos proyectos imperialistas sean más débiles que el  imperialismo occidental no altera su contenido ni su naturaleza.

Nos enfrentamos, como explicó Lenin en su clásico estudio, a un mundo de crecientes conflictos interimperialistas. La expansión de la OTAN hacia el este choca con el intento de la Federación Rusa de crear su propia zona de influencia en territorios de la antigua Unión Soviética. La preponderancia de EE UU y sus aliados en Asia y el Pacífico colisiona con el objetivo de China de crear su esfera de influencia en esta vasta región.

Quienes sostienen que Putin o China reaccionan frente al imperialismo occidental tienen razón: el imperialismo occidental es una fuerza dominante y agresiva. Pero hay que subrayar que los gobiernos ruso y chino no responden como fuerzas antiimperialistas, sino con sus propios planes de control y dominación. La invasión de Ucrania por la Federación Rusa forma parte de esta política imperialista, y como tal constituye una violación flagrante del derecho de las naciones a la autodeterminación. Al afirmar este derecho, hemos de reconocer que la resistencia ucraniana es una guerra justa contra la agresión imperialista. Rechazamos el expansionismo de la OTAN, pero este rechazo no implica el apoyo al expansionismo ruso, si nos atenemos a los dos primeros principios mencionados más arriba. Apoyamos a los movimientos que se oponen en Rusia a la guerra de Putin contra Ucrania.

Algunos sectores de la izquierda insisten en que los argumentos de Putin con respecto a la expansión de la OTAN y al imperialismo estadounidense son ciertos. Putin ha afirmado que Occidente no tiene ningún derecho moral a hablar de democracia. En efecto, no faltan crímenes del imperialismo de EE UU y la OTAN que merecen ser denunciados y condenados por todo el mundo, incluido Putin. Por eso nos oponemos resueltamente al imperialismo occidental. Pero los crímenes del imperialismo occidental no justifican el apoyo al imperialismo ruso. ¿Qué posición moral tiene la oligarquía capitalista rusa para hablar de democracia? Ni el imperialismo occidental ni Putin tienen credencial alguna a este respecto.

La clase trabajadora y los pueblos oprimidos deben combatir el expansionismo de la OTAN mediante la organización y la movilización contra el militarismo y el imperialismo, combinadas con la lucha contra el neoliberalismo, la austeridad y la ofensiva multifacética de la patronal (contra las pensiones, los salarios, los derechos laborales, las prestaciones sociales) y con la defensa de derechos democráticos (de las mujeres, reproductivos, LGBTQ).

Un gobierno antiimperialista en Rusia (o cualquier otro país) se vincularía a estos movimientos. Junto con ellos, denunciaría el vasto derroche de recursos en proyectos militares, adoptando a su vez e implementando reivindicaciones de la clase trabajadora y demandas democráticas. Esta no es la agenda o el programa de Putin. Como representante de una oligarquía capitalista, no es así como responde al expansionismo de la OTAN. Más bien pone en práctica su propia agenda imperialista, a imagen y semejanza de sus rivales imperialistas. Como antiimperialistas, rechazamos tanto el imperialismo de la OTAN como la respuesta de Putin al mismo, así como las políticas antiobreras y antidemocráticas que le acompañan.

Conviene subrayar que dado que todos los imperialismos son agresivos y depredadores, sus acusaciones recíprocas suelen estar cargadas de razón. Durante la primera guerra mundial, los socialpatriotas alemanes denunciaron el carácter despótico del zarismo y el imperialismo francés denunció el militarismo alemán. Después de la guerra, el imperialismo alemán denunció los abusos de la paz de Versalles y el imperialismo japonés denunció los excesos del imperialismo occidental en Asia.

Todas las acusaciones estaban justificadas, pero ninguna de ellas justificaba al apoyo al imperialismo alemán, ruso o francés durante la guerra, o al rearme de Alemania después de la guerra, o al imperialismo japonés frente al imperialismo occidental, sin hablar ya del apoyo a la invasión de Indochina, Indonesia o Filipinas por parte de Japón. Asimismo, nuestro rechazo de la OTAN y del imperialismo occidental no nos lleva a apoyar (o tolerar o dejar de denunciar) la invasión de Ucrania por la Federación Rusa.

Después de la primera guerra mundial, los vencedores imperialistas impusieron unas condiciones severas y humillantes a la Alemania derrotada. Como ya predijeron entonces algunas personas, esto contribuyó a alimentar el ascenso de un nacionalismo e imperialismo alemán redoblados, que trató de zafarse de las limitaciones que le impusieron. La izquierda pudo denunciar y denunció muchas de las condiciones impuestas en Versalles y las políticas vengativas de los vencedores imperialistas, pero esto no hizo que el nacionalismo e imperialismo reavivados de Alemania se convirtieran en una fuerza progresista o antiimperialista.

Lo mismo cabe decir de las consecuencias catastróficas de la terapia de choque aplicada en Rusia por parte de EE UU y sus aliados en la década de 1990. Este fue sin duda un factor que favoreció una reacción nacionalista bajo Putin, tratando de reparar algunos de los destrozos económicos causados durante el mandato de Yeltsin (con ayuda de asesores estadounidenses como Jeffrey Sachs). Podemos y debemos señalar el papel de Occidente y su responsabilidad parcial en todo ello, pero al igual que en el caso del nacionalismo alemán reavivado en la década de 1930, esto no convierte a Putin en un antiimperialista.

La izquierda se enfrenta ahora a un peligro importante. Si en un mundo de intenso conflicto interimperialista se inclina por la tesis de que EE UU y sus aliados constituyen el único imperialismo, corre el riesgo de deslizarse del antiimperialismo al alterimperialismo: en lugar de oponerse a todas las potencias y proyectos imperialistas, luchar contra uno o varios y apoyar explícita o tácitamente a otro.

En suma, rechazamos el imperialismo de la OTAN, pero no para apoyar el expansionismo de la Federación Rusa capitaneada por Putin. No rechazamos un imperialismo para apoyar a otro. Somos antiimperialistas, no alterimperialistas. Por tanto, al tiempo que denunciamos el imperialismo occidental, rechazamos inequívocamente la invasión y la ocupación de zonas de Ucrania por parte de la Federación Rusa. Ocurre lo mismo con respecto al otro bando del actual conflicto interimperialista. Nuestra oposición al expansionismo ruso no comporta ninguna simpatía o ilusión  con respecto al imperialismo de la OTAN. Esto también supondría pasar del anti al alterimperialismo.

El apoyo a la resistencia ucraniana no implica o requiere la defensa del gobierno de Zelensky. Esto corresponde al tercer principio enunciado más arriba. Es cierto que el gobierno de Zelensky ha perpetuado o impulsado medidas abiertamente antidemocráticas, represivas, antiobreras y neoliberales. Estas políticas deben denunciarse. Debemos apoyar a quienes se oponen a ellas. Pero una cosa es oponerse a Zelensky y sus políticas, y otra muy distinta apoyar la intervención de Putin y la ocupación rusa. Las políticas reaccionarias de Zelensky son motivo para oponerse a él y su gobierno, no para apoyar la invasión de Putin. La izquierda no puede elevar a Putin a impulsor de su programa democrático. Si hay que destituir a Zelensky, debe hacerlo el pueblo ucraniano, no Putin.

Diversas voces han denunciado la presencia de fuerzas de extrema derecha en Ucrania. Su importancia es objeto de controversia. En todo caso se aplica el mismo criterio: hay que denunciar y oponerse a su presencia, pero esta no justifica la invasión capitaneada por Putin ni supone apoyarla.

Recordemos el precedente de China y el imperialismo japonés. En la década de 1930, la izquierda internacional apoyó a China frente a la agresión japonesa. Se puso del lado de China por mucho que su gobierno estuviera controlado por el aparato represivo y corrupto del Guomindang, presidido por Chiang Kai-Shek (fiero anticomunista y perpetrador de la masacre de 1927), un gobierno apoyado por el imperialismo occidental. La resistencia china era una lucha justa contra el imperialismo japonés a pesar de la naturaleza de su gobierno o del apoyo de le prestaban imperialismos rivales, La resistencia ucraniana es una lucha justa contra la agresión rusa a pesar de la naturaleza de su gobierno o del apoyo que recibe de imperialismos rivales.

La posición esbozada en estas líneas se ajusta a la opinión de Lenin en esta cuestión. Lenin insistió en la necesidad de combatir todas las formas de opresión nacional, que a su vez requería el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. El zarismo había alimentado el odio hacia Rusia en muchas de las naciones oprimidas por el imperio, incluida Ucrania. El fin de esta opresión y la esperanza de una reconciliación entre los pueblos enemistados por el zarismo exigía el reconocimiento del derecho de autodeterminación, entre otras medidas.

A su manera, Putin lo entiende muy bien: culpa abiertamente a Lenin de la independencia de Ucrania, que él considera un crimen contra Rusia y que trata de rectificar con esta invasión. Lógicamente, también rechaza la doctrina de Lenin sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, que él considera absurda e indefendible. Conscientemente o no, quienes en Rusia (u otras partes) luchan contra la guerra de Putin y defienden el derecho de Ucrania a la autodeterminación recuperan la orientación leninista.

Pero Lenin también advierte de que todas las culturas nacionales y todos los nacionalismos, incluido el nacionalismo de los pueblos oprimidos, contienen aspectos antidemocráticos, opresores, discriminatorios y chovinistas. El mismo impulso democrático que inspira la lucha contra la opresión nacional nos obliga a luchar contra esos aspectos opresores presentes en todas las culturas nacionales y característicos de todos los nacionalismos. En la lucha contra el colonialismo estadounidense en Puerto Rico (por hablar de la lucha en que estoy involucrado desde la década de 1970) debemos combatir asimismo los aspectos conservadores, machistas y racistas de la cultura puertorriqueña, por ejemplo.

Esto también es cierto en el caso de Ucrania y de todas las naciones víctimas de una agresión imperialista. Al tiempo que se lucha contra el imperialismo ruso, también hay que combatir las dimensiones reaccionarias del nacionalismo ucraniano. Batallar contra la agresión rusa sin atender a esto último sería incoherente desde un punto de vista democrático y liberador. Tampoco es admisible esgrimir los aspectos reaccionarios del nacionalismo ucraniano para apoyar la agresión rusa: sería igual de incoherente desde una perspectiva democrática y antiimperialista.

Para resistir, Ucrania necesita conseguir armas donde le sea posible. Si no se reconoce este derecho, la denuncia de la invasión rusa no es más que un brindis al sol. En el contexto actual, Ucrania solo puede obtener estas armas en el campo imperialista de la OTAN. No hay ninguna contradicción entre la denuncia del imperialismo de la OTAN y el apoyo al uso por parte de Ucrania de sus suministros militares para hacer frente a la agresión rusa. A diferencia de muchas personas en Ucrania, no sembramos ilusiones con respecto a la OTAN y tampoco reclamamos el bloqueo del flujo de material militar necesario para ofrecer una resistencia efectiva.

Lo mismo se puede decir de otros casos. Frente a la agresión estadounidense, reconocemos el derecho de Cuba o Venezuela, por ejemplo, a recabar apoyo material y militar dondequiera que puedan obtenerlo, inclusive de un imperialismo rival como Rusia. No sembraríamos ilusiones con respecto a Putin y tampoco reclamaríamos el final del flujo de suministros militares requeridos para ofrecer una resistencia efectiva a la agresión estadounidense. Una vez más, esta es la única vía para mantener la coherencia como antiimperialistas en vez de caer en alguna versión del alterimperialismo.

El alterimperialismo nos llevaría a optar por algún imperialismo. Para algunas personas, toda oposición a la OTAN implica el apoyo a Putin. Por oponernos al imperialismo ruso nos situarían en el bando del imperialismo de la OTAN. Para otras personas, la oposición a Putin delata simpatías por la OTAN. Por combatir el imperialismo de la OTAN, nos colocarían del lado del imperialismo ruso. Rechazamos ambas fórmulas, basadas en la misma lógica alterimperialista. Podemos y debemos estar en contra de ambos imperialismos, el de la OTAN y el ruso, del lado de las víctimas de sus agresiones, sean Cuba o Venezuela o Ucrania.

Asimismo, reclamar la suspensión de la ayuda militar para poner fin a la guerra, pese a la intención humanitaria subyacente, supone de hecho desarmar a Ucrania frente a la agresión rusa. Favorece a Putin. Supone alcanzar la paz al precio de la capitulación ucraniana. Si EE UU invadiera Cuba o Venezuela, ¿exigiríamos su desarme para poner fin a la guerra? Sin duda nos movilizaríamos en contra de la agresión estadounidense, con la esperanza de que Cuba o Venezuela se armaran para resistir como pudieran, utilizando cualquier fuente que estuviera a su disposición, por muy repelente que fuera. La misma postura es la que hay que adoptar con respecto a Ucrania y la agresión rusa.

A veces se presenta el ascenso de China y Rusia como rivales del imperialismo estadounidense como el surgimiento de un mundo multipolar, que dejaría de estar controlado por este último. Sin embargo, el contraste entre el mundo unipolar y el multipolar es demasiado abstracto. Lo que debemos preguntarnos es ¿qué tipo de multipolaridad está surgiendo en el mundo de hoy? No olvidemos que el orden mundial que surgió de la primera y la segunda guerra mundial era un mundo multipolar. En otras palabras, un mundo de conflictos interimperialistas es un mundo multipolar. En un mundo así, la tarea de la izquierda no consiste en saludar o celebrar el ascenso de la multipolaridad debido a la consolidación de nuevos proyectos imperialistas rivales, sino posicionarse claramente en contra de todos esos proyectos.

Hace poco nos encontramos con el argumento de que “pienses lo que pienses de Ucrania, en África, Rusia está luchando contra el imperialismo”. La premisa aquí es que cualquiera que choque o esté en tensión con el imperialismo occidental es antiimperialista. De nuevo, el ejemplo del imperialismo japonés es ilustrativo. Durante la década de 1930, ¿chocó con el imperialismo occidental en Indochina, Indonesia, Filipinas, etc. y lo combatió? Sí. ¿Luchaba contra el imperialismo? No: impulsaba su propio proyecto imperialista. En otras palabras, los imperialismos rivales entran en conflicto entre sí y el hecho de que Rusia colisione con el imperialismo occidental no hace que sea menos imperialista.

Las potencias imperialistas suelen adornar sus planes con referencias a ideales admirables. El imperialismo estadounidense y el de la OTAN actúan en nombre de la libertad y la democracia y, más recientemente, del antiterrorismo e incluso de los derechos de las mujeres. La izquierda rechaza con razón estas proclamaciones engañosas. Pretende demostrar la cruda realidad que ocultan. Pero esto es y será igualmente cierto en relación con los nuevos proyectos imperialistas. Hablarán en términos de multipolaridad, cooperación, antihegemonismo, etc. (El imperialismo japonés presentó en su día su imperio del Pacífico como esfera de prosperidad compartida.)

Justificarán su negación de los derechos democráticos como un acto soberano o como una alternativa a la degenerada o decadente cultura occidental y denunciarán cualquier crítica como una intervención extranjera o como prueba de eurocentrismo. La izquierda también debe desenmascarar esta retórica y enseñar a otros a ver lo que se esconde detrás. De lo contrario, pasará del antiimperialismo al alterimperialismo mientras abraza las justificaciones ideológicas de uno u otro bando imperialista.

Del mismo modo, debemos rechazar nociones como las fuentes asiáticas del imperialismo ruso, contrapuestas a los valores democráticos europeos (hay muchas variantes de esto). En todo caso, pocas cosas son más típicas de Europa que el imperialismo, que forma parte del desarrollo europeo desde el surgimiento del capitalismo. El imperialismo ruso contemporáneo no es menos capitalista que su predecesor zarista (ambos con diversos ingredientes no capitalistas) y sus rivales actuales: sus raíces son capitalistas, no asiáticas.

Es un hecho que el conflicto interimperialista ofrece cierto margen de maniobra a los países no imperialistas del Sur global que buscan concesiones de las grandes potencias. Es legítimo sacar provecho de la rivalidad entre potencias, tratar de reforzar la ayuda, conseguir mejores acuerdos comerciales, obtener ña condonación de la deuda, etc. Pero a menudo los gobiernos pueden ir más allá y asumir la perspectiva, la orientación o la política de su aliado imperialista más cercano, ya sea el imperialismo estadounidense o el ruso. Los antiimperialistas no debemos seguirles por ese camino si queremos evitar la deriva hacia alterimperialismo.

En el contexto actual es fácil caer en una perspectiva unilateral. Frente a la agresión, la militarización y la propaganda de EE UU y la OTAN (en América Latina, por ejemplo), es fácil perder de vista la necesidad de enfrentarse al imperialismo ruso y chino o la necesidad de apoyar la resistencia ucraniana. Frente a la agresión rusa, es fácil perder de vista la necesidad de oponerse al imperialismo de la OTAN. Una izquierda internacionalista debe ofrecer una perspectiva que integre la lucha contra todos los campos imperialistas, defendiendo al mismo tiempo el derecho de los pueblos a la autodeterminación y las luchas de los explotados y oprimidos en todos los Estados y naciones, incluidas las que sufren el ataque imperialista.

Esta es la perspectiva que hemos tratado de presentar en este texto, una perspectiva capaz de unir a los sectores progresistas que luchan en diferentes frentes: los que llevan a cabo las luchas de la clase obrera en Europa Occidental, los que se enfrentan directamente al imperialismo estadounidense y de la OTAN en el Sur global, los que luchan contra el autoritarismo capitalista de Putin en Rusia, y por lo tanto se oponen a la agresión rusa en Ucrania, mientras luchan por una transformación democrática de su propio país (contra las fuerzas reaccionarias en su interior). Esto no es un programa, sino tan solo un marco general que han de desarrollar quienes participan en todas esas luchas. Pero puede ser un punto de partida compartido.

20/09/2023

New Politics

Traducción: viento sur

Rafael Bernabe es historiador y sociólogo y actualmente senador por el Movimiento Victoria Ciudadana en Puerto Rico.