La guerra en Ucrania: una agenda para la izquierda

La situación en el frente militar es sombría. A pesar de algunos éxitos tácticos, las grandes esperanzas de la contraofensiva no se han cumplido. Al contrario, Valerii Zaluzhnyi, el comandante en jefe ucraniano, ha reconocido abiertamente un estancamiento. Los sondeos de opinión nacionales muestran un incipiente agotamiento. La comunidad internacional pierde interés por la situación, los programas de ayuda están estancados y el transporte por carretera está bloqueado. El invierno ya está aquí, al igual que los ataques rusos con misiles contra las infraestructuras energéticas.

Políticamente, la situación tampoco es mejor. La izquierda ucraniana, que parece más una constelación de ONG, grupos de activistas y líderes sindicales locales que un movimiento coherente, está marginada y excluida en la realidad . El espectro de la opinión dominante se asemeja a una extraña mezcla de chovinismo lingüístico y neoliberalismo desenfrenado. El efecto aglutinador en torno a la bandera disminuye pero persiste: el Presidente, el ejército y los voluntarios gozan del más alto nivel de confianza. Alegando el coste, las limitaciones de la ley marcial, la falta de seguridad y la imposibilidad de votar para una proporción significativa de ucranianos, la gran mayoría de la población ucraniana no quiere elecciones, .

Entonces, ¿por quién o por qué luchar?

Por supuesto, sería ingenuo exigir la solidaridad sin reservas de la izquierda internacional. Hay mucha injusticia en el mundo, y no siempre es muy atractivo ponerse del lado de Ucrania. Al fin y al cabo, no hace falta escarbar mucho para encontrar funcionarios públicos que instrumentalizan el miedo y alimentan el odio directo, o grupos de presión empresariales que sueñan con destruir todo lo social. Del mismo modo, es fácil señalar a aspirantes a neofeudalistas que quieren mantener las fronteras cerradas para que sus siervos no escapen, o a xenófobos de clase media que piden que se despoje de sus derechos a los residentes de los territorios ocupados. Al más puro estilo orwelliano, el propio presidente Zelenskiy apoyó inequívocamente a la potencia ocupante israelí, como si olvidara que su propio país sufre las reivindicaciones pseudohistóricas de su vecino.

Ni que decir tiene que no cabe esperar solidaridad alguna con semejantes personajes. Pero hay que tener en cuenta que hoy se entrecruzan muchos destinos opuestos. ¡La izquierda debe actuar a favor de las y los trabajadores!: las y los campesinos de Kherson que aran la tierra cargada de minas, los maquinistas de Kiev que entregan suministros vitales en trenes destartalados, las enfermeras mal pagadas de Lviv que atienden a las personas enfermas y heridas. Los mineros rusoparlantes de Kryvyi Rih que luchan por proteger su ciudad natal. Los obreros de la construcción de Mykolaiv que retiran los peligrosos escombros para reconstruir, pero que luchan por alimentar a sus familias. Apoyad a la mayoría invisible, cuyas voces apenas se oyen, pero que no tienen adónde ir. Por otro lado, hay que vigilar de cerca a la clase dirigente.

¿Cómo apoyar?

Ya se han puesto en marcha muchas iniciativas, cada una de ellas constituye un ejemplo de lo que es posible. Los esfuerzos internacionales de concienciación de la Red Europea de Solidaridad con Ucrania, el fuerte apoyo de la Izquierda Verde Nórdica, la voz unida de los sindicatos daneses, las giras de conferencias de líderes sindicales ucranianos, el desarrollo de capacidades de Sotsialnyi Rukh (Movimiento Social), la organización sindical de trabajadores ucranianos en Estocolmo, son ejemplos de lo que se puede hacer. Las posibilidades para actuar son enormes, pero hay algunos puntos que surgen con regularidad en los debates.

¡Haz oír tu voz sobre cómo se gasta el dinero de tus impuestos! La dependencia de Ucrania de la ayuda exterior no es ningún secreto. Nadie quiere que el dinero de sus impuestos acabe en la cuenta suiza de alguien en vez de servir a las y los necesitados. Así que es lógico presionar para que se incluyan cláusulas sociales en las condiciones de las ayudas y los contratos públicos, o denunciar las prácticas desleales allí donde existan. La ayuda a la reconstrucción debe ir de la mano de empleos verdes, salarios dignos, supervisión sindical, responsabilidad de los contratistas, empleo protegido y un entorno laboral sano y seguro.

¡Llamamiento a la reducción de la deuda! La deuda externa de Ucrania supera los 93 000 millones de dólares. A lo largo de los años, el endeudamiento ha sido una forma fácil para los gobiernos de evitar desafiar el statu quo e inmiscuirse en los asuntos de los oligarcas. Los préstamos más recientes ya vienen acompañados de requisitos más estrictos para contrarrestar el control estatal, y las cosas están cambiando. Pero el importe de la deuda pendiente se utiliza ya como pretexto para justificar la austeridad. Además, reproduce la dependencia, en la medida en que la reconstrucción se financia con nuevos préstamos. Lo que se recibe se gasta en el reembolso. Cabe preguntarse si es justo que las y los habitantes de las regiones devastadas paguen por las decisiones políticas equivocadas de la clase dirigente. Sin embargo, es aún más importante recordar la principal lección del éxito del Plan Marshall: los países devastados por la guerra necesitan subvenciones, no préstamos.

¡No ignorar los problemas de la democracia y los derechos humanos! Al comienzo de la invasión, ciudadanos de todas las clases sociales hacían cola ante los centros de reclutamiento. Casi dos años después, esto ya no es así. La principal herramienta para el reclutamiento militar es la movilización, con todos sus inconvenientes. Pero si la gente va a arriesgar su vida, tiene que estar segura de que es lo correcto y de que ellos o sus familias estarán atendidos si algo sale mal. Hay que darles la oportunidad de participar en la configuración del futuro del país. Pero, ¿por qué debería preocuparse el Gobierno si existe una solución fácil? Con el pretexto del deber de defensa, las redadas masivas en las calles o en los transportes públicos seguirán proliferando a menos que prestamos atención.

Lo mismo cabe decir de la resolución del reto demográfico tras la guerra o de la reintegración del Donbass y Crimea. No es cerrando fronteras o intensificando la propaganda, sino ofreciendo salarios decentes, viviendas asequibles y seguridad social como podemos convencer a la gente de que se quede o regrese. No es la moralización arrogante, las pruebas de confianza o los campos de reeducación, sino el respeto mutuo, el reconocimiento de la dignidad humana y la responsabilidad compartida en la reconstrucción lo que puede traer la reconciliación.

¡Apoyar a los sindicatos! Son las únicas organizaciones de masas establecidas que existen específicamente para las y los asalariados. Aunque no sean los más combativos, sino demasiado burocráticos e impotentes, o incluso sólo estén medio moribundas, no hay otra cosa. El reconocimiento institucional del papel especial de los sindicatos en el desarrollo de posguerra podría revitalizarlos y fomentar una dinámica sindical. También crearía un agente creíble para luchar contra la corrupción y el dumping social. Por supuesto, algunos sindicatos serán inmediatamente cooptados por oportunistas. Pero también por eso hay que tener en cuenta su democracia interna y la autonomía de sus secciones locales o el espacio para una actividad sindical independiente.

¡Aceptar las discrepancias! Algunas de las cosas en las que creen los ucranianos pueden parecerte equivocadas o irracionales. Puede que tengas razón, pero los mismos conceptos pueden tener significados diferentes. En la historia moderna, Ucrania sólo ha conocido periodos de paz. Su derecho a existir se cuestiona abiertamente. Las y los ucranianos llevan mucho tiempo desilusionados con sus gobernantes y a menudo no tienen otra forma de presionarlos que sublevarse de vez en cuando. Así que no es de extrañar que se confíe más en la implicación internacional. ¡Elige tus batallas y céntrate en lo que tenemos en común!.

¡Crear vínculos: de persona a persona, de ciudad a ciudad, de asociación a asociación!. Los movimientos populares de todo el mundo han acumulado una enorme experiencia política que puedes compartir. Las narrativas tradicionales de la izquierda están desacreditadas en la sociedad ucraniana debido a su mal uso. Así que puede que las personas con las que conectes no tengan formación política, pero ahí es donde más importa la praxis: tender la mano para luchar junto con el alcalde de una pequeña ciudad que se preocupa por sus ciudadanos, un dirigente sindical local frustrado por la indiferencia y la impotencia, o un inmigrante reciente al que le han estafado el sueldo. Implicar a quienes ya están aquí será especialmente relevante en los próximos años y puede marcar la diferencia. Tanto si se quedan como si regresan, estarán equipados con esta nueva experiencia.

Puede que no haya nada revolucionario en puntos tan simples. Lo importante, sin embargo, es que muchos pequeños pasos pueden conducir a un cambio progresista creando las condiciones y el espacio necesarios para la agenda progresista. Pero para facilitar esto, la Izquierda necesita credibilidad y confianza, lo que sería prácticamente imposible para quienes socavan el suministro de armas.

No hay duda de que la Izquierda no debe limitarse a enviar armas, pero es un mínimo no oponerse a ello. El derecho a defenderse no tiene sentido sin los medios para luchar. Negarse a suministrar armas es amenazar la supervivencia de Ucrania como país. No hay que olvidar que la disponibilidad de armas no es lo mismo que su uso. Aunque la guerra termine en la mesa de negociaciones, tener armas no dejará a Ucrania a merced de Rusia, ni Ucrania estará indefensa si Putin decide violar la tregua.

¿Luchar hasta la victoria?

Estancamiento

Tal y como están las cosas, no hay condiciones previas para una resolución rápida. El ejército ruso no controla totalmente ninguna de las regiones que ha ocupado, a excepción de Crimea. Sin embargo, todas ellas figuran ahora en la Constitución rusa como parte inalienable de Rusia. Ucrania también está obligada por su Constitución. Retroceder y plegarse corre el riesgo de provocar graves disturbios internos de los que sólo se beneficiaría la derecha. Entonces, si no puede prevalecer ninguna fuerza, se corre el riesgo de caer en un conflicto prolongado, de baja intensidad. Esencialmente, esto significa aún más destrucción y menos esperanza de un posible renacimiento. La mejor discusión en este caso sería asegurar las vidas de la población, integrar a las personas refugiadas y reducir las consecuencias para el mundo estableciendo, por ejemplo, zonas desmilitarizadas de la ONU alrededor de las centrales nucleares.

La derrota de Rusia

La mejor garantía de paz futura es una Rusia democrática. Aunque el imperialismo ruso es sin duda más débil que el de sus rivales, desafiar la hegemonía estadounidense no lo hace ni más progresista en sí mismo ni un mal menor para quienes viven al lado. Incluso antes del giro Rusia hacia el expansionismo, la vida en Ucrania estaba marcada por su constante injerencia en la vida política y económica, su lucha por el dominio cultural y la proyección de su poder militar, especialmente a través de sus bases militares en Crimea.

La esperanza siempre ha sido que obligar a Rusia a retirarse catalizaría el cambio dentro del país. Por eso Ucrania sigue luchando. Pero esto tiene un coste. En primer lugar, las cifras no declaradas pero horribles de personas muertas y heridas. La cuestión es cuánto tiempo más puede permitirse la sociedad ucraniana semejante sacrificio, y cuáles serán las consecuencias. El apoyo en esta lucha consiste en aumentar los costes para Rusia, para que se pliegue antes, y reducirlos para Ucrania, para que sobreviva. Por eso, las izquierdas ucraniana y rusa han pedido sanciones más estrictas, el cese total de las importaciones de petróleo y gas y el rápido suministro de armamento moderno.

Tregua

Las partes pueden decidir explorar la posibilidad de un armisticio. Pero hay que tener en cuenta que Ucrania es un Estado más pequeño y débil, devastado por esta guerra y con graves problemas demográficos. El mayor temor de un alto el fuego es que nos encontremos olvidados y solos. Entonces nada impediría a Rusia lanzar otro ataque cuando esté mejor preparada. Para tener alguna posibilidad de resistir, Ucrania tendría que transformarse en un campamento militar y, aún así, vivir en un estado permanente de inseguridad. Esta es precisamente la razón más importante del apoyo masivo a la pertenencia a la OTAN, como medio de disuasión y garantía de paz. La única alternativa posible sería un acuerdo vinculante con un efecto similar. Más que nunca, tu voz y tu apoyo creíbles serían necesarios para lograrlo.

Esperar lo mejor, prepararse para lo peor

En última instancia, la solidaridad con Ucrania no tiene porqué ser un signo de virtud. Es una respuesta racional. Si se reconoce la legitimidad de las esferas de influencia, ¿qué otra opción tendrían los Estados más pequeños que unirse a uno de los bloques? Si las potencias nucleares pueden dictar su voluntad, ¿quién optará por el desarme? Si la dependencia de los combustibles fósiles permite a autócratas envalentonados chantajear al mundo, ¿qué queda de la democracia? Si Ucrania cae, ¿qué impedirá que los empresarios criminales y las redes mafiosas de su país se beneficien de millones de personas traumatizadas y desposeídas?

En última instancia, si ocurre lo peor, será otro clavo en el ataúd de la paz mundial, que contribuirá a aumentar la inestabilidad. En el nuevo mundo de pequeños imperialismos en competencia, que marca la decadencia del imperio estadounidense, tendremos que prepararnos para tiempos más oscuros y sentar las condiciones para un eventual renacimiento. Lo mínimo que podemos hacer entonces es mantener los vínculos y no vernos como enemigos, aunque acabemos en bandos enfrentados. Sigamos el consejo de Joe Hill y no perdamos el tiempo quejándonos.

¡Organicémonos!

21/12/2023

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur