La invasión de Ucrania, Putin y el «mundo ruso»

Author

Hanna Perekhoda Federico Fuentes

Date
December 18, 2022

En esta entrevista, la politóloga socialista explica la concepción de «mundo ruso», sus efectos sobre la nación ucraniana y la reacción de la región rusoparlante del Dombás ante invasión rusa.

Hanna Perekhoda nació y creció en Dombás, región rusoparlante de Ucrania. Destacada socialista y autora de numerosos trabajos sobre la historia de Ucrania, Perekhoda forma parte del Comité de Solidaridad con el Pueblo Ucraniano con sede en Suiza y de la Red Europea de Solidaridad con Ucrania. En esta entrevista analiza los argumentos de Putin para la agresión a Ucrania, explica la diferencia entre la idea de un mundo ruso y la existencia de rusoparlantes e indaga en las características de la región de Dombás antes y después de la invasión.

Al lanzar su invasión, el presidente ruso Vladímir Putin argumentó que los ucranianos no existen, que el Estado ucraniano era un error y que simplemente estaba recuperando lo que legítimamente pertenecía a Rusia. ¿Podría describir brevemente cómo se ha desarrollado la relación entre Rusia y Ucrania a lo largo del tiempo? ¿Hasta qué punto la naturaleza de esta relación ha sido un factor motivador en la guerra de Putin?

Para entender la guerra que libra Putin contra Ucrania y su pueblo es necesario considerar la autopercepción y la percepción del mundo que se forjó dentro de la clase política rusa, y el lugar que le reservan a Ucrania en ella. Para Putin, los ucranianos y los rusos son «uno y y el mismo pueblo», mientras que la identidad nacional ucraniana diferenciada de la rusa es el resultado de una conspiración tramada por aquellos que quieren debilitar a Rusia. Las elites zaristas también creían que las potencias rivales alimentaban el sentimiento nacional ucraniano para debilitar a Rusia. Dos siglos después, Putin expresa esta misma obsesión, que configura tanto su retórica como su acción política.

De hecho, esta es también la razón por la cual los analistas occidentales no podían creer que esta guerra pudiera ocurrir. ¿Por qué Putin se embarcaría finalmente en una guerra a una escala que no se había visto en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial si estrictamente no podía lograr ninguna ventaja económica? Tal vez porque las personas que gobiernan Rusia no son homo economicus y no calculan las ganancias y las pérdidas de la manera que imaginan los defensores del enfoque realista en las relaciones internacionales.

Como dice la conocida expresión: «Rusia no tenía un imperio, era un imperio». Sus colonias no estaban ni geográfica ni políticamente separadas del núcleo imperial. Las fronteras físicas y simbólicas se desdibujaron. En tal contexto, ¿cómo se pueden definir los límites de la nación rusa? Esta difícil pregunta ha resultado fatídica, tanto para los rusos que intentan identificar dónde terminan sus fronteras, como para los pueblos sometidos al abrazo mortal de Rusia. Esta guerra demuestra cuán peligrosos son los imperios que quieren convertirse en Estados-nación. El control de Ucrania es una piedra angular del proyecto del Imperio ruso pero también, y sobre todo, del proyecto de la Nación rusa, formulado por sus más destacados historiadores e intelectuales en el siglo XIX. Quiero insistir en este doble papel. Sin Ucrania, Rusia nunca se habría convertido en una potencia imperial y dejaría de ser el gran Estado extendido por Europa y Asia. Pero, al mismo tiempo, para las elites nacionalistas rusas, su nación está incompleta y resulta imposible sin los ucranianos dentro de ella. Al igual que los nacionalistas rusos de épocas anteriores, Putin considera que la existencia separada de los ucranianos conduce a la destrucción inevitable del cuerpo de la nación rusa. En este sentido, la narrativa nacional de Ucrania y Rusia están en total contradicción y se excluyen mutuamente. Ucrania como comunidad política solo puede sobrevivir fuera de Rusia, porque Rusia niega su derecho a existir.

Desde el siglo XIX, las elites rusas han desarrollado una actitud paradójica hacia Ucrania. Por un lado, dan por sentado que los ucranianos son parte integral de Rusia; para ellos, las relaciones ruso-ucranianas no son un problema en sí mismas. Por otro lado, tanto las autoridades zaristas como las soviéticas después de su giro estalinista suprimieron cualquier manifestación de identidad política ucraniana separada. Afirmaron que el nacionalismo ucraniano era un fenómeno limitado a unos pocos intelectuales, pero se reconoció la naturaleza masiva de la amenaza planteada por la identidad política ucraniana porque la cultura y el idioma ucranianos fueron constantemente reprimidos. En tiempos de crisis, como en 1917 o en 1991, la repentina aparición de los ucranianos -¡que ni siquiera se supone que existen!– con sus reivindicaciones separatistas fue un shock para los rusos. De repente, la «cuestión ucraniana» se vio como una cuestión de vida o muerte para Rusia. Frente a la ruptura de Ucrania para forjar su propio destino, las clases dominantes de Rusia estaban horrorizadas y atónitas por la rapidez con que su mundo se estaba desmoronando. Resultó que el «único y mismo pueblo» era producto de sus ilusiones, que nunca habían existido en ningún otro lugar que no fuera en su imaginación. En este sentido, la actual guerra rusa en Ucrania puede ser vista como una manifestación extrema de la lucha que los nacionalistas rusos, apegados a la idea de «un mismo pueblo», están librando para reconectarse con su pasado a fin de afianzarse en el presente y proyectarse hacia el futuro.

Pero aunque quiero enfatizar que la historia es importante, no puede explicar completamente las razones de esta invasión. Al contrario de lo que cree Putin, la historia no es un destino inexorable: las elites rusas podrían haber desarrollado fácilmente una visión diferente de la nación. La historia es una fuente de repertorios de prácticas y discursos que pueden ser reactivados por las clases dominantes para perseguir los objetivos políticos del momento. Así como el nazismo no fue producto del «espíritu alemán», el putinismo y su invasión de Ucrania no es el simple producto de alguna inercia histórica histórica. Las ideas de Putin y de las clases dominantes rusas pueden ser producto de los últimos siglos, pero el régimen político de Putin, que ha permitido reactivar estas ideas, es producto de los últimos veinte años.

Una afirmación que se repite a menudo es que, desde la rebelión de Maidán en 2014, los rusoparlantes han sido discriminados y el idioma ruso está prohibido en Ucrania. ¿Qué hay de verdad en tales declaraciones?

Durante el siglo XX, y especialmente después del giro imperial del estalinismo, el ruso se convirtió en el idioma dominante en todas las áreas de la vida pública en la Unión Soviética: economía, administración, cultura, medios de comunicación, educación. La división colonial del trabajo entre la ciudad y el campo también persistió, garantizando a los ciudadanos rusos urbanizados y soviéticos rusificados una posición social privilegiada, con acceso a ingresos, formación, prestigio y poder en las repúblicas periféricas. Durante este proceso, más y más ucranianos abandonaron su idioma y su cultura, que se convirtieron en una señal de inferioridad cultural que dificultaba la movilidad social. La modernización soviética estuvo acompañada por el fortalecimiento de la cultura imperial dominante, que a su vez perpetuó importantes desigualdades estructurales entre los hablantes del ruso y del ucraniano. La elite ucraniana post-soviética no tiene ni la voluntad ni los medios para corregir estas deficiencias estructurales. En cambio, sus políticas oportunistas han buscado en gran medida manipular las identidades lingüísticas, sin cuestionar el statu quo.

En este contexto, a partir de 2004, los diversos clanes de oligarcas en competencia por el poder alimentaron artificialmente la división sociolingüística para movilizar a sus respectivos electorados en torno a cuestiones de identidad. En 2012, las fuerzas políticas prorrusas aprobaron una ley que tenía el supuesto objetivo de garantizar la protección de las lenguas minoritarias. Pero su campaña buscaba solo «defender» el idioma ruso, lo que significaba, como pronto quedó claro, la defensa del poder blando ruso [soft power] en Ucrania. La cultura ucraniana de habla rusa, con su propia historia e identidad separada de las prioridades políticas del Kremlin, no recibió ningún apoyo sustancial. En cambio, el discurso pro-Putin, imperialista ruso y antiucraniano recibió un cheque en blanco. Cuando el presidente Viktor Yanukóvich fue expulsado del poder en 2014, el Parlamento intentó derogar la ley. Aunque esta decisión nunca fue ratificada, Rusia aprovechó la oportunidad para expresar su preocupación por la discriminación contra los rusos por parte de lo que llamó la «junta fascista» en Ucrania, un argumento que también se usó para justificar la interferencia rusa en Crimea y Dombás para «salvar a los rusoparlantes del genocidio», según Moscú. En 2018, el Parlamento adoptó una ley que exige que se use el ucraniano en la mayoría de los aspectos de la vida pública y obliga a los funcionarios estatales y empleados del sector público a hablar ucraniano cuando se comunican con el público. Esto puede parecer sorprendente para la gente de Europa Occidental, donde procesos similares de homogeneización lingüística tuvieron lugar hace más de un siglo (y, dicho sea de paso, a menudo de una forma mucho más violenta). Pero la situación de Ucrania, que solo obtuvo su independencia hace treinta años y que ha estado bajo la dominación política y cultural rusa hasta 2014, no se puede comparar con naciones que han tenido un Estado-nación al menos desde el siglo XIX.

Ahora, ante la invasión de Rusia y el trato inhumano de los civiles por parte del ejército de ocupación, los habitantes del país se sienten ante todo ucranianos, incluidos los que hablan ruso. La gente en Jersón saluda a los soldados ucranianos y celebra la liberación de la ciudad, y en el 99% de los casos lo hacen en ruso. Miles de soldados ucranianos que defienden su país hablan ruso.

Desde fuera, la impresión que tenemos es que la invasión de Putin ha creado un odio totalmente comprensible hacia todo lo ruso en Ucrania. ¿Cómo ve esta situación?

Incluso antes de la guerra, el gobierno de Putin reclamó el monopolio absoluto del idioma y la cultura rusos, y consideró que el uso del idioma ruso equivalía a identificarse con Rusia. De hecho, desde principios de la década del 2000, Rusia ha promovido la concepción del «mundo ruso», confiando en los rusoparlantes de los países vecinos para que lleven a cabo una misión especial, que, por supuesto, no han aceptado. Esta misión implica la lealtad absoluta al Estado ruso y el apoyo incondicional a todas las decisiones del Kremlin. El gobierno de Putin ha utilizado el soporte de la cultura rusa para difundir la ideología conservadora, irredentista y nacionalista rusa entre los rusoparlantes de los países vecinos. Pero, si en los años 2000 el «mundo ruso» era ante todo una herramienta de poder blando, a partir de 2014 se convirtió en el motor de la agresión militar rusa.

Quizás dotar a la lengua y la cultura imperiales de un contenido decolonial podría ser una opción para la sociedad ucraniana. Pero tal escenario solo podría ser posible una vez que Rusia deje de imponer su poder sobre el idioma ruso hablado por millones de personas que no se ven a sí mismas como simpatizantes del proyecto político de Putin. Es bastante difícil argumentar que los ucranianos «deben ser más tolerantes» con las cosas asociadas con Rusia cuando las elites políticas rusas niegan nada menos que el derecho de los ucranianos a existir y con frecuencia hacen declaraciones que pueden considerarse una incitación al genocidio. Los habitantes de Ucrania, independientemente del idioma que hablen y de la cultura que compartan, están actualmente sujetos a bombardeos, violaciones y asesinatos, perpetrados no por Putin sino por soldados rusos ordinarios. Esto, por supuesto, dejará una herida abierta y una brecha entre los dos pueblos en los próximos años. Un ucraniano cuyos amigos o familiares fueron asesinados por un soldado raso ruso probablemente no sea muy receptivo a la idea de que «no todos los rusos son malos». Sin embargo, quienes no estamos personalmente afectados al mismo nivel y aún somos capaces de tomar una distancia crítica y proyectarnos hacia el futuro, no debemos perpetuar el odio indiscriminado. Por el contrario, tenemos el privilegio de ser capaces de construir puentes entre los ucranianos y los rusos que quieren ser solidarios con nuestra lucha contra su propio gobierno. Debo admitir que la condición previa necesaria es la voluntad de estos rusos de asumir la responsabilidad de su propia sociedad y tener un mínimo de humildad.

Sabemos de numerosos representantes de la oposición política rusa y bielorrusa, de activistas e intelectuales que están ahora en Ucrania y que contribuyen a su victoria de diferentes maneras. El único problema al que se enfrentan es la maquinaria estatal burocrática ucraniana que les impide obtener rápidamente un pasaporte ucraniano o cualquier otra forma de estatus legal en el país. Vale la pena señalar que Maksym Butkevich, un anarquista y defensor de los derechos humanos que ayudó a los refugiados rusos y bielorrusos en Ucrania, se encuentra ahora en cautiverio ruso. La mayoría de los ucranianos aceptan y respetan a los rusos que luchan de su lado contra el régimen de Putin.

Usted creció en Donetsk. ¿Podría darnos una idea de qué actitudes ha habido en Dombás hacia Ucrania y Rusia desde la independencia, y si han cambiado con el tiempo? ¿Qué nos dice el Dombás sobre los fracasos de los intentos de las elites ucranianas de cohesionar una identidad ucraniana unificadora después de la independencia? ¿Cómo prevé que se resuelva la situación en el Dombás después de la guerra?

La región industrial de Dombás comenzó a poblarse activamente solo a partir de finales del siglo XIX. Sin embargo, la mayoría de la población se estableció allí incluso más recientemente, ya que la hambruna artificialmente provocada de 1932-1933 despobló las zonas rurales. La segunda ola de migración después de la Segunda Guerra Mundial vio a personas de toda la Unión Soviética, pero principalmente de Rusia, desplazarse a Dombás para trabajar en la minería del carbón, una de las industrias más prestigiosas y mejor pagadas. Durante la década de 1980, la acumulación de deficiencias económicas en la economía soviética y la amenaza de perder su estatus privilegiado llevaron a los pobladores a apoyar la independencia de Ucrania, con la esperanza de que Dombás se convirtiera en la región dominante en la economía y la política del país. Sin embargo, cuando los estados post-soviéticos cayeron presos del capitalismo salvaje, la población perdió incluso el privilegio simbólico que creía tener por pertenecer a la vanguardia de la nación soviética y se encontró, en cambio, como una minoría dentro de un país cuya cultura se percibía hasta entonces como «atrasada». La sociedad civil era débil y la población era radicalmente paternalista y nostálgica de los días de gloria del pasado soviético.

Esta situación fue un terreno fértil para las mafias locales que no solo tomaron el control total de la política, la economía y los medios de comunicación en la región, sino que también intentaron hacerse con el poder político en Kiev. Convencieron a la población local de que «el Dombás alimenta a Ucrania» y que los ucranianos occidentales lo explotaban, a pesar de que, incluso en los años de crisis, los salarios eran el doble en Dombás que en el oeste de Ucrania. Hicieron esto para encubrir el simple hecho de que sus verdaderos explotadores eran en realidad gente de la región, como el clan Yanukóvich y los oligarcas aliados. Como resultado, el resentimiento, el discurso antioccidental y la demonización de todo lo ucraniano se utilizaron como medios para dividir y vencer. Pero, en general, las identidades de la población local estaban relativamente desdibujadas, por eso eran presa fácil de la manipulación y la instrumentalización política.

A partir de 2009, la mafia de Dombás comenzó a dirigir el país. El levantamiento popular de Maidán de 2014 puso en peligro su gobierno. En respuesta, Yanukóvich y su clan proporcionaron recursos clave para el movimiento separatista en Dombás, con la esperanza de al menos preservar el poder sobre su bastión. Pero incluso si la población de Dombás aceptaba la idea del excepcionalismo local, los deseos separatistas eran extremadamente marginales y la evidencia de apoyo a un levantamiento armado era mínima. La ambivalencia y el desapego eran los sentimientos más destacados entre la población, 70% de la cual estaba en contra de cualquier cosa que aumentara la amenaza de desestabilización en abril de 2014. Ese mismo mes, en medio de un trasfondo de apatía y desorientación general, un ex-agente del Servicio de Seguridad Federal –la seguridad del Estado rusa— Igor Girkin-Strelkov, junto con varias docenas de personas armadas, empezó a tomar el control de las instituciones locales, pidiendo a Moscú que enviará «voluntarios» para apoyar la «rebelión».

El historiador canadiense David Marples ha demostrado en su investigación que, si bien la historia y la identidad pueden ser factores «de referencia», no bastan por sí mismos para explicar el estallido de la guerra. Las tensiones y agravios existentes fueron manipulados durante mucho tiempo por las elites ucranianas y rusas, pero es poco probable que la guerra en Dombás hubiera ocurrido sin la intervención militar rusa. Otro factor clave fue el apoyo brindado por los oligarcas locales, que intentaron jugar en ambos bandos hasta que fueron reemplazados por títeres del Kremlin.

Las repúblicas separatistas de Dmbás se han convertido en zonas de corrupción, impunidad total, violencia e injusticia generalizada, donde la población se enfrenta a la incertidumbre, la pobreza extrema, la represión y el maltrato físico. Ucrania ha promovido repetidamente el despliegue de una fuerza internacional de mantenimiento de la paz en estos territorios. Creo que existe la posibilidad de que Dombás algún día pueda volver a tener una vida pacífica. Pero en mi opinión, esto solo será posible después de la retirada completa de las fuerzas armadas rusas y la subsiguiente desmilitarización. Una reconstrucción económica y ambiental, junto con la creación de las condiciones necesarias para la expresión democrática, probablemente podría lograrse bajo un mandato internacional a largo plazo de fuerzas de mantenimiento de la paz.